Te frío un huevo

(relato publicado originalmente en el segundo número del fanzine L’AVENTURA.
Todas las páginas del mismo giran de un modo u otro en torno a la comida. Junio de 2013)

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– Que me he hecho vegetariano.
En realidad su abuela no le oía. Cada trozo de masa de bacalao que caía en la sartén, cada futuro buñuelo, excitaba de nuevo el aceite hirviendo y juntos, buñuelo y aceite, competían con el extractor por ver quién montaba más ruido.
– Vaya sarao que tienes ahí, yaya. ¡Que me he hecho vegetariano!
Su abuela no le oía, además, porque a sus setenta y pico años había empezado a perder facultades por la oreja y un pelín más sorda sí que estaba. De todos modos aunque le hubiera oído perfectamente, aunque sin extractor ni sordera todos los fonemas hubieran entrado campantes por el tímpano desde la uve a la o, la mujer tampoco hubiera tenido mucha idea de a lo que se refería el nieto. Mejor iba a ser explicárselo con calma cuando acabara de freír la primera ronda de buñuelos y la cocina se dejara de jaranas.
El abuelo y el primo llevaban ya un rato sentados a la mesa; picoteando uno las pocas aceitunillas que había en la ensalada y cambiando de canal el otro, con el moflete apoyado indolente en la mano derecha, mientras acababan los anuncios y volvían los Simpson. Él se sentó de espaldas al televisor y por primera vez en su vida de nieto analizó la mesa que había puesto la yaya y revisó plato a plato toda la comida sobre el hule de flores. Vio una bandejita de metal con boquerones en vinagre hechos en casa el día anterior, y un plato más pequeño donde para ahorrar espacio se mezclaban unas pocas avellanas con una docena de rodajas de fuet; en medio, una fuente de ensalada con su lechuga, su tomate maduro, su cebolla y su pepino, sus alcaparrones, sus aceitunas en extinción por efecto del abuelo y una lata de atún. A un lado, una botella de Fanta de naranja de litro y medio, un Bitter Kas que el yayo estaba punto de acabar y la jarra de agua fría que el primo bajó al suelo porque le tapaba la tele. Junto a él, casi al límite de la mesa, una barra de cuarto fresca y una hogaza de pan de ayer que sus abuelos se comerían, para ahorrar, antes de empezar la otra.
Cogió el tenedor. Y haciéndolo esperar sobre vasos y platos cayó en la cuenta de que su nueva dieta como mucho le iba a dejar picar una avellanita o un gajo de tomate al que tendría que limpiar meticulosamente el atún. Ni boquerones caseros ni fuet de Vic; su nueva forma de vida llegaba ese mediodía al comedor de sus abuelos, donde más difícil iba a ser todo, donde aprendió a comer y a poner nombre a las cosas y donde, por lo tanto, la comida era más él. Eso de que la mejor cocina es la de la abuela no son más que paparruchas de anuncio de sopas: la yaya era una cocinera tirando a mediocre y, para placeres sobre la mesa, el solomillo al Pedro Ximénez del restaurante donde celebró su cumpleaños hacía dos años o el arroz negro que pedía en Llançà cuando iba al camping de los suegros. En cualquier restaurante se comía  mejor que en casa de sus abuelos. Pero el problema no era ese. Con su nuevo régimen tiraba al váter algo más que el rape rebozado, los bistelillos de carne y el bull que traía la tita del pueblo.
Dejó el tenedor. Y con los dedos optó por un alcaparrón gordo, que al menos sabía fuerte.

Llegaron la olla de lentejas y cuatro platos hondos de vidrio marrón y se fueron a cambio las dos avellanas y el boquerón que su primo había dejado temblando en las bandejitas. A la yaya le encantaba que su nieto pequeño se hartara de comer, pero el tópico no se lo ahorró.
-Nene, a ver si ahora no te vas a comer el potaje.
-Déjale que coma,- soltó el abuelo – lo que tiene que hacer es dejar de beber galipuche.
El galipuche era la Fanta, aunque nunca nadie había adivinado si el Bitter Kas que el yayo bebía a diario con el aperitivo entraba dentro de la misma categoría.
-Te decía, yaya, que me he hecho vegetariano. Que a partir de ahora ya no voy a comer carne ni pescado.
-¿Qué dices?- soltó la abuela. Frunció un poco el ceño casi con aire de guasa. Tampoco paró de servir el potaje, morcilla y chorizo en cada plato, hasta que las manos de su nieto mayor la detuvieron.
-¡No, nonono! A mí no me eches morcilla.
– ¡Anda, anda, no digas tonterías! Toma, un choricico.
– Nononono. Te digo que ya no como carne.
– Que…
– Ni embutido, yaya, nada de animales.
– ¿Que tú no comes carne? Con los que te gustan a ti los bistés. ¿Cómo te vas a quedar? Mira cómo estás ya de delgado.
– Si no es por lo gordo que esté, yaya; es porque comer tanta carne como comemos es malo para el organismo. Todas las vitaminas y las cosas que necesita el cuerpo las tienen las verduras, eso para empezar. Y luego que los animales no tienen la culpa de nuestros hábitos; que me imagino cómo lo pasan los cerdos en los mataderos o los pollos en las granjas esas industriales y se me pone la carne de gallina… La piel de pollo. Bueno, eso.
– ¡Venga, va, calla ya y a comer! Tú cómete las lentejas y no se hable más.
El yayo había querido sentenciar, abriendo la boca por primera vez, pero la yaya le pasó por encima apelando a esa otra estrategia tan hábil, tan definitiva y tan de abuela: la pena.
– Nenico, con el cariño que te he comprado yo el chorizo…, con los bistecs de buey que te cinchabas tú de pequeño… Va, cómete un choricico.
Él de pequeño. Ahí estuvo bien. Tocaba la fibrilla con maestría y le obligaba a mirarle a los ojos y al cucharón lleno de grasa que tantos años llevaba sirviendo potaje.
No se arredró.
-No, yaya. Las lentejas me las como igual, pero el chorizo pónselo a él.
Y empujó suavemente la mano que sujetaba el cucharón hacia el plato de su primo. Se formó de nuevo un silencio con tele al fondo y la abuela volvió a levantarse, esta vez a por los buñuelos y el vinagre.

Empezaron los cuatro a comer potaje, el suyo sin chicha. Cuando dejó en la mesa el vinagre una vez aliñado el plato, se encontró con la cara de su primo que sin apartar la vista de los anuncios sonreía con sorna.
– ¿Y tú de qué te ríes?
– De que eres como el tío aquél del que se enamora Lisa; el vegano de nivel seis, que no come nada que arroje sombra.
– ¿Qué Lisa?
– La de los Simpson
– ¿Y eso del nivel seis?
– Pffff… madre mía…
– ¿¡Madre mía qué!?
– Nada, ten, cómete un trozo de atún, a ver si se te pasa.
– Eres bastante imbécil.
El primo se rió y le hizo callar con la mano al ver que acababan los anuncios. Seguía un capítulo de la tercera temporada, en el que Bart tira su radio a un pozo y con un micrófono se hace pasar por un niño llamado Timmy O’Toole. Todos, hasta los yayos, habían visto el capítulo docenas de veces, pero se le prestara atención o no, se rieran o no con el gag de la ardilla que se parece a Lincoln, la serie formaba ya parte del ritual, como el Bitter Kas o el parte de la Primera. No se acaba el mundo si no como chorizo, pensó; a las tres saldrá Ana Blanco y el yayo seguirá comiendo sandía, la yaya mañana se habrá acostumbrado y me apartará macarrones sin carne. No se acaba el mundo.
– Ten, coge un buñuelo.
La yaya le acercaba el plato.
Secos ya del aceite que la doble capa de papel de cocina del plato había ido absorbiendo, convertidos en cogollos de inofensiva harina frita, además de llamarle a ser comidos a puñados parecían por fuera perfectamente compatibles con su nueva condición, por lo que cometió el error de alzar la mano. Su primo se los metía de dos en dos, el yayo los soltaba en el potaje y se los comía con la cuchara, pero los muy traicioneros, los dichosos buñuelos, iban llenos de bacalao. Y no cogió ninguno. Y le dijo a su abuela que gracias pero que no, que los bacalaos también son animales y que en consecuencia iba a seguir comiéndose las lentejas solas.

Y la yaya le miró con cara de no entender nada, alzó las cejas con displicencia y chasqueó la lengua para seguir comiendo. Se debía pensar la pobre que era un capricho del día, una moda de la Universidad o un chiste que acabaría antes del postre en una orgía de morcillas, fuet, boquerones y bacalao. Y podría haber tenido razón, pero estaba creciendo y esta vez iba en serio. Lo de ser vegetariano era algo más que el simple hecho de no comer carne, aunque fuera difícil explicarle a la familia que no comer carne tenía que ver con un montón de cosas, con una visión distinta del mundo y con una forma muy suya de ser él.
– Pues te los envuelvo en papel de plata y se los llevas a tu novia, que le gusta mucho cómo me salen. No voy a tirarlos.
– Sí, mejor será,- intervino el yayo- llévaselos a ella que tiene más gracia que tú comiendo. Me la voy a quedar de nieta y tú te vas debajo de un puente a comer espárragos. Me acuerdo yo del año del hambre, el hartón que nos pegamos de coger espárragos.
– Venga, déjate tú también,- interrumpió la abuela – ¿quién se acuerda ya de eso?

Apuró las lentejas y, cuando dieron las tres, su primo siguió el protocolo y cambió de cadena. Mientras Ana Blanco informaba del consejo de ministros, él se levantó a llevar platos, la olla, los restos de ensalada. De vuelta a la mesa, con su primo y el yayo aparentemente atentos a la comparecencia rutinaria del ministro de turno, oyó que su abuela le preguntaba si no se había quedado con hambre con tan poca enjundia en el potaje. A media voz, alargó un no de aburrimiento. Y cuando se giró para seguir él también las noticias, desde la cocina sonó una pregunta habitual en día de lentejas, una pregunta ritual de la yaya, casi tan automática como la respuesta que él hubiera dado cualquier otro día si no fuera porque de repente se llenó de sentido.

– Nene, ¿te frío un huevo?
No abrió la boca. Girado como estaba para ver mejor la tele, se cruzó de brazos sobre el respaldo de la silla y su cabeza, de pronto muy pesada, se fue por los cerros de Úbeda. Cuando la abuela salió otra vez de la cocina, se encontró a su nieto absorto, con cara de preocupación, mirando un punto indeterminado del suelo e intentando descifrar un enigma cuya solución no estaba en el comedor de sus abuelos.
– A ti te lo digo. Que si te frío un huevo.
– Yaya,- resolvió el primo entre risas- me parece que no sabe.
Efectivamente, no sabía. Se le juntaron en la mollera de sopetón las voces de sus amigos de la cooperativa de consumo con la yaya quince años más joven preguntando qué se debe en el supermercado, y una portada de un libro de recetas con la foto de sus bisabuelos posando con boina y garrota, y un enorme entrecot sangrante con la cara de su primo enfrentándose al Rey de los Pepinos, como Godzilla y Gamera en Tokio. Y así como quien no quiere la cosa en medio del follón surgió la cara de Ana Blanco que empezó a brillar como una condenada hasta que todo lo demás se evaporó. Y de aquel rostro sin ademán, en un silencio hermético, salió un huevo perfecto que no sabía si era amigo o enemigo, si era síntesis de todo lo anterior o el juez en el patíbulo reclamándole una decisión rapidita.

Cinco segundos después su mollera volvió al comedor y se encontró a su primo llamándole empanao. También al yayo comiendo sandía y a su abuela que empezaba ya a estar preocupada. Intentando esconder cualquier indicio de duda, le respondió.
– Anda, sí, fríeme un huevo.

Saturday Night Fever

(publicado originalmente en el blog de Dame la voz)

El viernes pasado por la noche un periodista iba caminando con un amiguete  por el centro de Barcelona cuando ante la comisaría de la calle Nou de la Rambla, cerca del Paralelo, vio cómo dos Mossos d’Esquadra increpaban a alguien con agresividad notoria. Se detuvieron a mirar con la intención, según declaró el periodista, de que los polis se dieran por aludidos y se cortaran un pelín. No sólo no se cortaron sino que uno de ellos cruzó la acera con el clásico “circulen-no-hay-nada-que-ver”. Cuando los dos paseantes se dieron la vuelta para irse, el Mosso se lo pensó dos veces, les agarró y les metió en comisaría. Allí empezó una apacible velada en la que a los intentos del periodista por reclamar sus derechos y pedir que les mostraran el número de identificación policial, los de la porra respondían con guantazos, empujones y rodillas en la cara. Tras pasar unas horas en los prestigiosos, luminosos y acondicionadísimos calabozos de la comisaría de Les Corts, el periodista salió el sábado a mediodía.

Uno podría aquí impugnar la totalidad de los cuerpos policiales y cagarse en la violencia legítima del Estado, asumiendo que no hay uniformado bueno o malo sino simples soldados del statu quo económico. Pero total, para qué. Me ganaría a pulso el típico comentario del listillo de turno preguntándome a quién recurriré yo cuando me roben el android o un ciberacosador le tire los trastos a mi sobrina.

Lo que sí me gustaría hacer es preguntarme aquí en público por la lucidez y la salud intelectual de esos Mossos de la noche del sábado que, ante un ciudadano interesado por el bien de otro,  se meten por el ojo moreno la noción liberal del policía como servidor público y reaccionan como subnormales, perdiendo la compostura y la elegancia que en teoría caracteriza a los tíos con uniforme.  No me extrañaría nada que si en vez de periodista el paseante nocturno fuera Herman Tertsch, el Papa o Pikachu hubieran reaccionado de la misma forma, porque lo que está claro es que, dejando de lado las consideraciones ético-políticas del caso, esos cerebros privilegiados con porra no acostumbran a plantearse demasiado las consecuencias de sus actos. Ni un mínimo cálculo sobre la posible repercusión de sus palizas de chuloputas a un tío que les pide la identificación, ni una mínima reflexión sobre cómo de caldeaditos están los ánimos en la opinión pública estos tiempos que corren. O eso, o esta gente sale de la promoción 89-90 del Cotolengo del Padre Alegre o, San Rodolfo Martín-Villa no lo quiera, los mandos tienen mucha manga ancha con sus fiestas nocturnas.

Graf o el Salón del Cómic cuando era joven

Imagen(publicado originalmente en el blog de Dame la voz)

El pasado sábado 13 de abril coincidía con el Salón del Cómic de Barcelona un acontecimiento paralelo, que materializa en nuestra misma ciudad una forma distinta de entender los festivales de cómic. Graf, mini-Salón dedicado al cómic de autor e independiente, reunió a una serie de editoriales, iniciativas y personas más o menos críticas con todo lo que supone ese hermano mayor. Es un festival joven sin las servidumbres derivadas del tamaño, la edad y los compromisos que tiene el otro.

Desde que tengo uso de razón y memoria las polémicas en torno al Salón del Cómic han venido siendo habituales. Aunque todos volvemos un año tras otro por ser el principal acontecimiento del mundo del cómic en nuestro país, le criticamos al Salón por un lado su excesiva orientación a lo comercial y por otro que las historietas queden en demasiadas ocasiones relegadas a un lugar secundario. El Salón como hipermercado y el Salón como feria del videojuego, de Star Wars o de cualquier otro fenómeno cultural que atraiga a visitantes a los que el cómic se la repampinfle.

Supongo que hay que hacer un esfuerzo por entender a los organizadores. Respecto a lo del aspecto ultra-comercial del Salón entiendo que tiene que ver con la naturaleza de Ficomic, que aunque se defina como una entidad sin ánimo de lucro, al fin y al cabo representa a editores, distribuidores y libreros. Como las cifras del negocio son las que son, entiendo que quieran aprovechar el Salón para vender lo que no venden en semanas. Respecto a que la feria se vaya por peteneras y abra sus puertas a cosas que no son la historieta, es de suponer que se hace con la mejor voluntad del mundo; con la de conseguir que niños y mayores que no suelen leer cómics se dejen caer por el Salón atraídos por zombies y robots y que con un poco de suerte se les despierte el gusanillo viñetero al salir.

Entendiendo todo ello, creo que es muy saludable que se celebre un  festival paralelo como Graf, que da un toque de atención a Ficomic y a los lectores en general, al recuperar las esencias de aquellos míticos primeros Salones de los ochenta, volcados apasionadamente en la historieta, de los que tanto nos han hablado nuestros mayores.

El feeling que va arribar a Gràcia. Elsa Bar

Elsa está satisfecha con la actuación de La Portillo(publicat al suplement Què Fem? de La Vanguardia. 12 d’abril. Foto de Mirta Portillo)

La cantant Elsa Rivero debuta l’any 1963 a l’Hotel Habana Libre, antic Hilton de la capital cubana, de la mà d’Angelito Díaz, guitarrista i trovador . Són representants d’allò que es va anomenar feeling, gènere de cançó cubana molt influenciat per la música nordamericana, on destaquen Cesar Portillo de la Luz, Rosendo Ruíz o Omara Portuondo. L’Elsa, amb una veu feta pel bolero, recorre durant tres dècades els clubs de l’illa interpretant Contigo aprendí, Tú, mi delirio o Lágrimas negras. Al Club21, al Sherezade, al Parisien de l’Hotel Nacional, al llegendari Tropicana. Van ser anys de molta activitat i actuacions importants com la de la nit d’inauguració del Racó del Feeling, al club Pico Blanco de l’Hotel Saint John’s. Destaca també la seva etapa acompanyant els Armónicos de Felipe Dulzaides, un dels grans impulsors del jazz a Cuba.

Santiago, La Habana, Varadero, fins que l’any 1994, aprofitant una visita a la Barcelona post-olímpica, l’Elsa Rivero decideix no tornar més i s’estableix a la nostra ciutat intentant dedicar-se al mateix que la va fer una petita celebritat a Cuba. I amb el seu repertori de boleros i de cançó romàntica canta acompanyada del popular Lucky Guri o de la també pianista Lázara Cachao. Omple l’Antilla del carrer Aragó, el Seven Crowns del carrer París i canta al gloriós restaurant La Oca de Francesc Macià, avui desaparegut.

Però a finals dels noranta canvia de torn i decideix muntar-se ella el seu propi negoci. Obre amb dos socis procedents de la música cubana La Paladar del Son, un restaurant de sabor antillà que l’unirà indissolublement a Gràcia. No passen ni dos anys que l’Elsa s’independitza dels seus socis i inaugura a Torrent de l’Olla el bar del que parlem avui, el bar de l’Elsa Rivero, un bar que només es pot explicar des de la biografia.

El cau de la cantant
Perquè l’Elsa Bar, des del cartell de l’entrada fins el racó més amagat darrera la barra, és l’Elsa Rivero, i els que hi entrin ho han de saber. De fet això s’entén de seguida que ens recolzem a la barra i descobrim les parets plenes: de fotografies seves amb amigues i amics de Catalunya i Cuba, de cartells de la seva època anterior i amb un retrat de Martí presidint el local. Més que nostàlgia es respira respecte a la trajectòria i a les persones que la cantant s’ha anat trobant pel camí.  Hem entrat a casa seva, al seu cau estret decorat casolanament, on ens rep com si ens conegués de fa cinquanta anys, com si fóssim els seus nebots o antics amants amb els que va fer les paus. L’Elsa, que després de quaranta anys de carrera professional va trobar el seu forat a Gràcia, demostra taules amb el públic i bonhomia sent maternal amb tothom, siguin clients o proveïdors i ves a saber si també amb la guàrdia urbana quan com a tot arreu entra al bar a tocar el crostó. Sovint convida els clients a xupitos abans de que marxin, però en el que potser és un excés de sentiment maternal els hi pregunta si condueixen, no sigui que després haguem de patir desgràcies. Ens pot xocar si dels bars busquem asèpsia i anonimat, però de seguida veurem que l’Elsa ens entén molt bé, i que si no volem sarau o hi hem anat només a fer una canya amb la parella, no es ficarà on no la demanen. Empatia pròpia d’una cantant de feeling cubà.

El que farà és anar on té el sucre, la llima i el rom i preparar els mojitos que aparentment són l’especialitat de la casa. La gent comenta que són dels millors que han tastat a la ciutat, tot i que alguna veu ens diu que no sempre la clava. Podem acreditar que val la pena tastar-los, però suposem que a un bar tan descaradament personal com aquest dependrà molt de l’estat d’ànim d’ella. Sigui com sigui darrera del combinat tampoc no hi ha mans asèptiques.

Nits de Barça i cançó
Al fons, la catifa, el sofà, els coixins i un enorme monitor dilueixen el bar/espai públic en una saleta d’estar/espai domèstic envernissada de blaugrana amb una bandera que penja de la paret dreta. Les nits de partit, qualsevol nit que toqui, fins i tot les de descans dominical, l’Elsa obre la porta de casa seva i el local s’omple d’amistats culers. Aquí la cantant demostra una passió que no té res a veure amb Cuba, malgrat que se’ns fa difícil imaginar-la, en la seva elegància de diva rossa de la cançó melòdica, deixant-se la laringe en un gol al Reial Madrid.

L’Elsa Rivero debuta l’any 63 a L’Havana i a Barcelona comença la seva segona etapa el 1994. Vint anys després la cantant regenta un bar on ara sí fa el que li dona la gana en la mesura que l’Ajuntament la deixi. És per això que “quan l’ambient és propici” i sempre si té l’estat d’ànim adequat, si respira el feeling pertinent, tanca el local cantant un dels seus vells boleros. Diu que només ho fa quan els clients li demanen perquè en el fons és discreta. Però quan es deixa anar, el cau de l’Elsa es transmuta en el Pico Blanco  de l’Hotel Saint John’s, en un petit Tropicana, i només trobem a faltar el piano que anys enrere va haver de jubilar del local.

Elsa Bar. Torrent de l’Olla, 78. BCN. Metro: Joanic (L4) Diagonal (L3, L5). De dm a dj de 20.30 a 2. Caps de setmana, de 20.30 a 3. Mitjana: 2€; mojito: 6€.

Bohèmia a la força. Bar Absenta

(publicat al suplement Què Fem? de La Vanguardia. 28 de març)

449px-Valentino_Rossi_2010_QatarLa Maite es lamenta sorneguera. Ara tenen embolic amb l’Absenta de la Barceloneta perquè l’amo d’allà reclama l’exclusivitat del nom. I ella que no és competitiva però no està per hòsties argumenta que el seu bar, el del carrer Hospital, manté el nom des del segle XIX, i que hi ha una legió de testimonis, velles glòries del Xino, que poden donar fe i document de que allà hi ha un Absenta des de que Franco era caporal. Ens remet a 1893, quan un francès va arribar a Barcelona damunt l’onada de la bohèmia i va obrir un local que no era encara ni bar ni cafè però on se servia la beguda que tornava bojos els artistes. Llavors el van regentar francesos ves a saber per què, fins que el 1966 el va comprar el senyor Ulldemolins de Tarragona, la vídua del qual encara en manté la propietat. La Maite ens explica que ella va agafar el traspàs l’any 2002, només cinc anys després d’obrir el Norbàltic, el seu mític Norbàltic, al carrer Consell de Cent. Per coses de la vida i perquè la llicència no estava en ordre, l’Absenta va haver de tancar i esperar temps millors, fins que el 2011 va tornar a obrir flamant. Mentrestant la Maite es va fer seu el Xino i va anar entenent més coses del barri i del bar que havia adquirit. Va saber, per exemple, que fins el 1993 l’Absenta tenia un enorme cartell de llauna amb el nom que feia ombra a tots els vianants i vagabunds del carrer Hospital.  La febrada d’ordre olímpic el va fer treure. També que l’arc del pati que fa de magatzem és molt propi de les finques del barri, que gràcies a aquestes construccions permetien el pas dels carros d’un carrer a l’altre.  O que als pisos superiors hi havia una pensió que es deia Celeste.

Avui el local es un espai dividit en dos. A l’entrada, la barra i quatre tauletes on seuen els amics del barri, els penjats i els borratxos que donen conversa als cambrers vulguin o no. Allà el Gorka, el fill de la Maite, quan hi va fa els seus mojitos, dels que n’està ben orgullós. Allà, a les hores aparentment tranquil·les, hi ha una cambrera que les passa putes quan de sobte s’omple el local i fins que no arribi la Maite no té ningú més que l’ajudi. Al fons, després de la cuina, una sala gran, diàfana, amb olor a ambientador i a menjar depèn de l’hora, farcida matí, tarda i vespre d’alumnes de la Massana. Ens atrevim a dir, de fet, que l’Absenta actua com a centre social i bar oficiós de l’escola, situada a pocs metres dins de l’antic recinte de l’Hospital de la Santa Creu, i la Maite, esclar, està encantada de la vida amb aquesta clientela jove vinculada –potser de lluny- al món de l’art. En realitat, ella volia regentar el bar de dins del recinte, el del jardí, i assegura que la idea de posar-hi allà una terrasseta va ser seva tot i que el regidor de torn probablement no ho reconegui. Avui amb l’Absenta en té prou i ella ha optat per preus al públic més econòmics: “jo vull fer diners però també tinc una idea del que ha de ser el barri”, i per això procura no excedir-se amb els preus i fa allò tan popular de les mitjanes San Miguel a un euro. Fet i fet, al seu bar la gent s’hi sent còmode, i s’hi ha vist tuppers i entrepans amb paper d’alumini de paios que potser no estan per menjar cada dia de menú però que no volen perdre el costum de fer un parell de canyes abans o després de classe. La Maite resumeix bé la gent que omple les cadires de l’Absenta: “el típic burro de la barra, noies moníssimes, nois amb estil…”

A l’Absenta, això sí, també fan menjar, tot i que encara hi ha discussions familiars sobre el tipus d’àpat que ha de prevaldre. Els fills de la Maite defensen cada un models diferents: el Gorka, frankfurts i altres entrepans; l’Utsela, amanides contundents. De moment, ofereixen menús d’un plat, algunes coses de menjar casolà com les croquetes i unes hamburgueses completes fetes amb ingredients de qualitat. Però la Maite, l’estratega, té previst al març oblidar-se de les preferències dels fills i centrar els esforços en una bona carta de tapes. Ens anuncia ja que els caps de setmana d’aquí a ben poc començarà a servir vermuts a un euro, i cinc tapes per set euros. Ella vol “vermuteig” i que vinguin els guiris, però com hem dit no a costa dels preus populars ni dels seus clients més joves. L’Absenta ha de ser un bar d’artistes immersos en el low-cost, de bohèmia a cops d’atur i crisi financera, de gent que demana el gintònic de Gordon’s perquè a més de no costar un ronyó és ginebra forta i aguanta bé el sabor després de diluir-se en tònica.

(Parlant de guiris, un dia arribarà l’adveniment de Valentino Rossi a l’Absenta i els altars que la Maite ha aixecat al motorista hauran fet finalment el seu servei. Ella l’espera, ella sap que vindrà i que al seu bar s’hi trobarà molt a gust “perquè és un catxondo”. Avui avisa que “la liarà”: prepara una exposició dedicada al dottore amb l’esperit d’una fan extrema que no se n’amaga.  Potser només l’entendran els fidels, però de ben segur que serà aplaudida pels avis del barri, pels veïns borratxos i pels alumnes de la Massana.)

Absenta. Hospital, 75. BCN. Tlf. 932 70 35 64. Metro: Liceu (L3). De dll a dv, de 8 a 3, dss i dg, de 19 a 3. Estrella: 2€; San Miguel: 1€; combinat: 5€.

Sant Andreu per pixapins

(publicat al suplement Què Fem? de La Vanguardia.
22 de febrer
)

El 20 d’abril de 1897 la Reina regent Maria Cristina signa el Decret d’Agregació pel qual passen a formar part de Barcelona les viles de Sant Gervasi de Cassoles, Les Corts, Sant Martí de Provençals i Sant Andreu del Palomar. No a tot arreu s’accepta la unificació de bon grat i és a Sant Andreu on es crea ben aviat la Junta Desagregacionista contrària al Decret i on d’una forma més clara es fa palès un moviment contra el centralisme del cap i casal. Tot i la derrota davant el poder administratiu, aquest barri manté d’ençà una identitat vilatana més o menys combativa, ben pròpia i diferenciada de la Barcelona que un dia la va absorbir. Sia per això que ja hem dit, pel fet d’estar gairebé al límit de la ciutat a tocar de Sant Adrià del Besós, pel seu teixit urbà o pel seu caràcter eminentment obrer i lluitador, el cas és que pocs barris es conserven com Sant Andreu, tant d’esquenes a la resta de la ciutat.

Per això mateix té un curiós sentit dedicar un reportatge sencer a aquest antic municipi. Perquè els diumengers i els pixapins de la Barcelona antiga, que els fa por creuar la Meridiana i que amb prou feines associen Sant Andreu a La Maquinista o l’antiga telenovel·la de tv3, s’animin a agafar la renfe fins una de les dues parades que té la vila i voltin pels seus carrers. Del Nus de la Trinitat al Parc de la Pegaso i de les vies del tren a la freda Meridiana, entre casetes baixes i una antiga fàbrica tèxtil reconvertida per l’ajuntament en centre d’art contemporani, heus aquí algunes propostes per passar un cap de setmana de diumenger a Sant Andreu. 
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Democracia de nueve a cinco

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(publicado originalmente en el blog de Dame la voz)

Me entero a raíz de este post de que a Mondragon Corporación Cooperativa, el grupo cooperativo más grande del mundo, se le ha montado un problema gordo porque ofreció a la ciudadanía (no únicamente a los socios) unas participaciones de sus dos cooperativas más emblemáticas, Fagor y Eroski, que ahora la gente, pensando que eran depósitos recuperables, quiere recuperar cuanto antes. No entro a valorar el pollo, que de eso ya se encargó Joan, pero sí que pienso en alguna de las causas probables del mismo. Dado que la oferta de aportaciones financieras subordinadas se hizo en los años de internacionalización del grupo, me planteo si este crecimiento, habitual por otra parte en cualquier gran corporación, no tiene que ver con el actual problemilla de deuda. Es lo que tiene querer ser mayor, que a veces le da a uno por estirar más el brazo que la manga.

En el ámbito cooperativo se suele argumentar a favor de este modelo comparando el mundo de la empresa al de los Estados, lo que bien mirado es bastante razonable: ¿por qué si no toleramos la dictadura como forma de organización política sí la aceptamos con normalidad como forma de organización empresarial? En una empresa de capital manda el jefe y nadie lo pone en duda, cuando como demuestran cada día las cooperativas es perfectamente posible organizarse democráticamente. Dicho esto, y aplaudiendo con fervor que cada día se extienda más el modelo, es evidente que hay tantas formas de democracia en las cooperativas como de democracia en los países. Aunque en ambos países se ha votado quién manda, en términos de democracia no es lo mismo Islandia post-2008 que Venezuela, como convendrán conmigo todos los oportunistas que esta semana se han hartado a hablar mal de Chávez. De igual modo podemos evaluar y distinguir dos cooperativas dadas por su grado de democracia interna, por su horizontalidad en la toma de decisiones. Sin duda uno de los factores que más lo complica es el tamaño de la empresa: en una asamblea de siete tíos es más fácil tomar decisiones democráticamente que en una de quinientos trece. Las grandes cooperativas se acaban pareciendo en su estructura a las democracias representativas a las que nos tienen tan acostumbrados los Estados, con una asamblea de socios (léase Parlamento) delegando poderes en el consejo rector (léase Gobierno), mientras que las democracias más participativas son propias de las cooperativas pequeñas.

Mondragón ha tenido la voluntad de ser una gran corporación para demostrar que una estructura democrática también puede competir en un mercado copado por dictaduras. A pesar de las voces críticas, que a veces son muy malintencionadas y confunden churras con merinas introduciendo el debate nacionalista, no puede negarse que MCC ha sido un éxito económico y social. Habría que plantearse sin embargo en qué tipo de cooperativa pensamos cuando nos imaginamos una sociedad más democrática también en el ámbito de la empresa. A mi modo de ver, no estaría de más dejar de obsesionarse con la competencia internacional y con el discurso del crecimiento. Supongo que también se puede vivir y producir en pequeño, relacionándose en red y según todas esas milongas medio anarquistas que ustedes ya habrán leído últimamente en los periódicos. En cualquier caso, entre una dictadura y una mala democracia yo tengo claro con qué me quedo.

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