¿Quién dibujó la biblia de Silk Spectre?

(publicado originalmente en el fanzine Tonterías del Rock, en mayo de 2009)

(foto: TijuanaBibles.org)

The Tijuana Bibles weren’t a direct inspiration for most of us; they were a precondition. Art Spiegelman, aunque pudo ser otro.

Desde que por primera vez en la historia un tal Antonio de Nebrija reclamara los derechos de su obra -según leemos en la Wikipedia española-, decenas de miles de hijos de puta hemos firmado alguna vez nuestras creaciones perdiendo la oportunidad de convertirlas en algo superior, en obras misteriosas y universales a la vez. La autoría es pura cuestión de negocio o en el mejor de los casos un cable que se les echa a los críticos, que de otro modo se perderían el filón de las referencias y el recurso a citas cultas como las que encabeza este artículo.

Todo el mundo sabe que los mejores chorizos son los que no tienen envoltorio plástico ni marca alguna y en los Estados Unidos de la ley seca, en una fecha indeterminada en un lugar desconocido, alguien empezó a producir cómics guarros como chorizos. Eran unos papelillos anónimos, del tamaño de media postal, en los que en apenas ocho páginas se narraba una escena de sexo explícito con personajes famosetes del cómic, del cine o de la política internacional. Como Cary Grant metiendo su polla dura en el culo de un señor, o Gandhi lamiendo coños porque ya no se le levanta, o Wimpy, el de Popeye, dando por detrás a la criada mientras se come una hamburguesa.

Durante los siguientes cuarenta años esos protofanzines, dibujados con malas artes y deprisa y corriendo, fueron conocidos en todo el país como biblias de Tijuana, quizá por su forma de misal, quizá porque Méjico es tierra de pecado, vaya usted a saber. O quizá, y aquí desvariamos, porque al igual que el libro de los cristianos las biblias de Tijuana no son de nadie y son de todos a la vez, porque no tiene mucho interés preguntarse por el autor, porque lo que interesan son las pajas y las risas, como conocer la vida de cristo y no quién nos la cuenta.

Hay que decir que por aquel entonces en una sociedad en donde, imagínense, el alcohol llegó a estar prohibido y el sexo aún era una cosa muy, muy de estar por casa, firmar estos panfletos de risas y pajas conllevaba un riesgo legal que disuadía a los autores de cualquier amago de vanidad. La producción era clandestina, la reproducción era clandestina y la distribución, clandestinísima: entre garajes, barberías y puertas de colegios, y vendidos por viejos verdes que solos o en comandita se deshacían de las biblias por 1 dólar y a los que probablemente nadie preguntaba la procedencia de la mercancía.

Pero cuarenta años aguantaron. Cuarenta años de mano en mano, saliendo de la cabeza de anónimos artistas de billares y levantando las iras de Chester Gould, de Milton Caniff, del mismo Disney, que veían a sus personajes salir de las viñetas en las que fueron originalmente encerrados para ponerse a follar como perros con cualquier agujero o con cualquier rabo que se encontraran por el camino.

Fueron los primeros fanzines, las primeras muestras de underground yanqui, el primer precedente del cómix sesentero y, para ser estrictos, los primeros comic-books que no recopilaban tiras ya publicadas. Las biblias de Tijuana, o sencillamente fuck books, empezaron a decaer cuando el sexo en América salió a la calle, y Crumb, Spiegelman, Deitch y tantos otros podían ya firmar historias de tetas, pollas y ácido sin miedo a las represalias. Todos ellos adquirieron fama en mayor o menor grado y ensancharon los límites del tebeo hablándonos de tú a tú sin antifaces ni series regulares, pero sabían que otro underground sin padre ni madre les había abierto camino. Unos papeluchos discretos con los que media América se había corrido a escondidas. Quién sabe si el viejo verde original, el mejicano sin nombre que hacía las biblias para repartirlas por el mundo, aún sigue dibujando folleteos. Más nos vale, porque a lo mejor el día que pare se mueren de golpe todos los fanzineros.

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