El nacimiento a codazos de Port Aventura

(publicado originalmente en la sección Panorama del periódico Diagonal, en agosto de 2010)

A pesar de la crisis y del bajón del turismo extranjero, 15 años después de su inauguración el Dragón Khan sigue exultante. Aunque no se haya vuelto a llegar a los cuatro millones de visitantes de 2007, Port Aventura Entertainment S.A. declaró beneficios de 4,5 millones de euros en 2009. La reciente adquisición del 50% de las acciones por parte de la familia Bonomi supondrá además para la sociedad anónima una ampliación de capital de 94 millones.

El parque que en 1995 iba a suponer, según Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat, un reequilibrio territorial del país, conllevó para empezar cambios importantes en la propiedad de los terrenos sobre los que se iba a construir. Tal como cuenta Joan Manuel Olivella, presidente de la organización ecologista L’Escurçó, la mayoría de los terrenos se compraron a precio rústico a pequeños propietarios que desconocían la recalificación que se haría más tarde. Sólo unos pocos aguantaron y no cedieron a la presión de la venta de buenas a primeras.

Esa oposición no fue obstáculo suficiente para la empresa, que consiguió que la Administración declarara la expropiación forzosa de aquellos terrenos, amparándose en la utilidad pública del parque, a pesar de que su provecho siempre ha sido privado. El paso siguiente para los pequeños propietarios era llevar el caso a los tribunales.

Como de las 825 hectáreas que adquirió Port Aventura, hasta 2002 sólo estaba construida la superficie del parque de atracciones –apenas una décima parte del total–, a punto estuvieron los denunciantes de que les devolvieran las fincas, ya que, para que una expropiación forzosa sea efectiva, el terreno debe construirse y utilizarse en un plazo limitado. A toda prisa Port Aventura Entertainment S.A. levantó tres hoteles, un parque acuático, un campo de golf… un verdadero complejo turístico edificado a contrarreloj.

Aunque finalmente se les pagó la tierra a precio de suelo urbano, los denunciantes perdieron definitivamente las fincas. Asimismo, la construcción del parque tuvo un gran impacto en la caza de la comarca. Según Olivella, a parte de lograr desviar la antigua cañada real, “se cargaron el área cinegética más importante de la zona”, hasta ese momento rica en conejos y perdices.

La Societat Protectora de la Caça de Vilaseca denunció el aumento de la caza furtiva, la presencia de vigilantes que mataban conejos con pistolas e incluso el gaseo de los que entraban a los terrenos del parque. Port Aventura acabó también con una serie de centenarias construcciones de piedra (majanos), por los que la asociación recibió una indemnización simbólica.

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