¿A que no sabes a quién me follé anoche?

Si hay algo que lamentablemente acerca el póquer a la testosterona y al imaginario masculino no es por supuesto el juego en sí sino aquel vicio tan de machote celtíbero de comentar las jugadas exaltando los aciertos propios y ensañándose con los errores ajenos. Al menos en los ambientes de juego en los que un servidor se mueve, no hay quisqui que tras una jugada decisiva opte por tragar saliva y reflexionar sobre los errores y aciertos de la mano calladito y para sus adentros. Sea en la mesa, para purgación del resto de jugadores y crupieres, o ya en el bar cubatilla en ristre, todo el mundo tenemos algo que decir sobre cualquier jugada, porque aparte de que seguramente somos todos los mejores jugadores de Europa, como en el chiste del naufrago y Claudia Schiffer lo que mola en realidad es contarlo.

La cosa ésta de comentar las jugadas es al fin y al cabo una cuestión de orgullo, que es como los cursis llaman a los cojones. Todos nos hacemos más hombres y más españoles si defendemos irreflexivamente nuestras decisiones en el juego, aunque un atisbo de sentido común nos diga desde el hipotálamo que en realidad la hemos cagado; por el contrario, aceptar el error públicamente es como poco de sodomitas, una muestra de debilidad, que en el póquer se hace imperdonable porque te convierte en carnaza para tus contrincantes. Hay que hablar mucho de lo que ha pasado, de las probabilidades que tenías de ganar con pareja alta frente a proyecto de color, del tamaño apropiado de la apuesta ante un jugador con poquitas fichas, del frío que hace en el casino, pero siempre, siempre, dejando clarinete que la jugada correcta era la tuya, que tu apuesta era digna de Phil Ivey y que el frío a ti te la trae muy floja porque tienes los huevos más gordos que el caballo de Espartero. Como Iker Casillas, como don José María Aznar López, como Joan Laporta, como Txeroki, como Gregorio Ordóñez.

Llega el día, no obstante, en que a uno le entra el impulso relativista, que es como los cursis llaman al depende, y se da cuenta de que la discusión entre aquellos dos tipos al otro lado de la mesa sobre ver la subida de un tercer cafre con pareja de jotas no se resolverá nunca. Y no se resolverá nunca en primer lugar porque ninguno de los dos contendientes darán su brazo a torcer y preferirán callar antes que pensar que el otro pueda llevar razón; pero es que en segundo lugar no puede resolverse simplemente porque hay debates que no tienen resolución posible. Nadie niega que en el póquer existe el error, ya que de otro modo no habría jugadores mejores que otros; pero en la mayoría de ocasiones, al juzgar jugadas, lo que hay son simplemente razones, motivos diversos pero igualmente válidos para jugar la misma mano de dos formas distintas. Luego viene la suerte, que es la que permite hacer leña del árbol caído y dar explicaciones ad hoc a victorias inexplicables, pero si ante una jugada solo hubiera un movimiento posible el póquer sería mucho más aburrido y no valdría la pena hablar de él entre carajillos.

Cuando la testosterona baja, las conversaciones sobre partidas se eternizan porque los que debaten saben que en el fondo da igual, que es todo hablar por hablar y por seguir jugando fuera de la mesa, porque no existe ese silencio orgulloso del que no quiere seguir discutiendo visto que no va a convencer a nadie. Cuando no hay que convencer al otro porque sabe que quizá tengas razón, jugárselo todo con K2 en un cara a cara puede ser lo correcto o un movimiento lamentable, y cuanto más discutible sea la mano mejor nos lo pasaremos discutiéndola. Todos sabemos que el póquer no es una ciencia, que no hay manual que valga, y que mucho depende del criterio de cada uno, aunque nos acusen de cobardes, de amigos de la ETA o, lo que es peor, de malos jugadores.

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