Cómo cambiar una plaza de sitio

(artículo publicado originalmente en Kolhosp)

Acampada Barcelona - Kolhosp.com
Foto (cc): Gerard Avila

Espontánea, se dice. Ésta fue una protesta espontánea, como si la espontaneidad fuese siempre sinónimo de pureza y lo contrario de maquiavelismo. Si bien las acampadas no fueron planeadas por ninguna organización o plataforma no podemos decir que salieran de la nada como setas. Al contrario: una movilización para el 15 de mayo, trabajada desde hacía varias semanas en internet, mediante twitter y facebook, por vaya usted a saber quién, con el nombre de Democracia Real Ya, se unía a lo que los sospechosos habituales, los movimientos sociales y las organizaciones políticas de izquierda de toda la vida, llevaban años reclamando. Y de ese melting pot sale una manifestación muy digna, más bonita que un San Luís, que motiva a algunas y algunos a seguir con la protesta acampados en la Puerta del Sol, luego también en la Plaza Catalunya.

Y la cosa crece, la gente se une. Papás conservadores, bienpensantes, pero nostálgicos de una revuelta ciudadana que quizá vivieron de refilón en los setenta, animan a sus hijitas, licenciadas, echadas para adelante y en paro, a unirse al follón y reclamar lo que es suyo. Y las asambleas, en Plaza Catalunya al menos, doblan cada día que pasa el número de asistentes, y el follón deviene organización, comisiones y estructura. El Estado no se atreve a meter mano y cuando lo hace, en Sol, acaba entendiendo que la policía allí es inútil. En Barcelona, la experiencia autogestionaria más grande que servidor ha visto en su vida se desarrolla en pleno centro de la ciudad, entre guiris y curiosos, y evoca ágoras griegas y momentos revolucionarios previos a los Hechos de Mayo. Un sueño libertario que, sin embargo, nadie sabe muy bien a dónde va.

Acampada Barcelona - Kolhosp.com
Foto (cc): Joan CG

Y en este contexto, a partir del fin de semana del 21 y 22 de mayo, auge de las acampadas en número de personas hasta la fecha, empiezan a correr voces críticas con lo que sale de la Plaza, por parte de gente más o menos implicada en los contenidos que se están generando. Algunos están muy en el ajo, otros simplemente simpatizan con la protesta. Dejando de lado las impugnaciones a la totalidad, podríamos dividir las críticas en tres.

En primer lugar están las personas que perciben una excesiva radicalización del discurso y de las propuestas que salen de la comisión que trabaja el documento de mínimos. Hablan de espíritu del 15-M y se sienten defraudados porque creen que se ha perdido aquello que unió a tantos tan solo hace una semana. Ven una deriva revolucionaria y anticapitalista en un movimiento que al principio se limitaba a expresar una queja contra los desvíos del sistema político y bancario; temen la monopolización de la acción por parte de los grupos de extrema izquierda y, aparte de sentirse incómodos con un discurso de cambio radical, consideran que el movimiento no puede permitirse perder al grueso de la población, moderadita y temerosa de este tipo de planteamientos.

En segundo lugar lo que sería la crítica contraria, la que entiende que estamos sacrificando la posibilidad de cambiar verdaderamente las cosas a costa de ganarnos la simpatía de personas que no pisarían la acampada ni hartos de vino. Creen que esta voluntad inclusiva puede llevarnos a la nada, a la inocuidad como protesta, como mucho a pequeños ajustes que no harán sino reforzar a largo plazo las injusticias intrínsecas del capitalismo. Si se me permite el matiz, no obstante, la mayoría de personas de la Plaza que sueñan y creen en la posibilidad de que la protesta se convierta en revuelta y ésta en revolución son conscientes de las limitaciones actuales del movimiento y aceptan la moderación de los planteamientos. Quizá por llevar tantos años organizadas y acostumbradas pese a todo a la derrota.

En tercer lugar la crítica a lo que Manuel Delgado llamó, ya el 20 de mayo, el peligro ciudadanista. Más que un ataque al contenido o a la orientación política de la protesta es un cuestionamiento de la actitud del movimiento una vez la Plaza empieza a aposentarse y a dar síntomas de satisfacción con el mero hecho de permanecer, con el mero hecho de protestar. Si bien esta crítica no desprecia el tremendo logro que supone una experiencia autogestionaria de estas dimensiones, considera que a partir de un cierto momento hay que dar pasos hacia el exterior, superar la ufanía hippy y hacer emerger el conflicto fuera del ágora. De otro modo, como la experiencia nos demuestra, la protesta será perfectamente integrada en el discurso del poder, carne de Fórum de las Culturas.

Acampada Barcelona - Kolhosp.com
Foto (cc): Julien Lagarde

A mi entender, las tres críticas son perfectamente compatibles con la sincera voluntad de que esta protesta llegue a buen puerto, no pierda apoyos y, modestia aparte, pueda hacer algo de historia. Debemos aprender de estas reflexiones pero para ello lo que de verdad necesitamos como individuos y como colectivo son tres cosas. Primero de todo, paciencia. Una semana es muy poco tiempo cuando hablamos de un colectivo variable de más de mil personas en los momentos flojos. Paciencia también para aprender, para convencernos mutuamente y para hablar con energúmenos con toneladas de cerumen en las orejas, sordos a otras formas de pensar. Después necesitamos ser capaces de entender la complejidad, de nadar como salmonetes en aguas confusas y convencernos de que lo contrario de una verdad no tiene por qué ser mentira. Una vez ahí, lo tercero es mucho más fácil: tenemos que plantear una estrategia a varias velocidades, con distintos horizontes, con distintos interlocutores. Y dejar de una puta vez de llamar utopías a lo que son simplemente destinos lejanos.

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