Mariano

El Sistema –así en mayúsculas, como lo diría Mario Conde- se empeña en hacernos creer que votamos candidatos y no partidos; no políticos sino cuñados; que la cosa se dirime, muy a la americana, entre dos tipos que compiten por ver con cuál se iría antes usted, ciudadano informado, a tomar unas cañas. Si así fuera no les quepa la menor duda que un servidor hubiera dado su apoyo a Mariano.

Partamos de la base que un tío con barba es en el 90% de los casos mejor persona que uno lampiño. La barba da ese apreciado plus de cercanía y nos garantiza que el portador es un buen hombre, un Papá Noel, un Capitán Haddock, un apacible leñador de Idaho. Su ausencia, por el contrario, solo nos trae recuerdos de tiempos funestos: Hitler, Nixon, Fu-Man-Chú… ¿Acaso llevan barba los mocasines?, ¿alguien ha visto una cucaracha con barba? Esta vez tanto en Ferraz como en Génova han entrado en razón, si bien lo de Rubalcaba podría no ser barba, un poco como el bigote de Aznar. Para barba barba, lo que se dice barba, la de Mariano, que casi consigue vencer a la asesoría de imagen en su disputa por la longitud del pelillo. A pesar del recorte, Mariano sigue siendo nuestro barbudo favorito. 

Viene luego la leyenda de la Trotona de Pontevedra, que genera en las personas de moral distraída como un servidor una empatía instantánea con un personaje más pragmático que reprimido o beato. “Cásese y aprenda gallego, y luego hablaremos de lo suyo”, parece que le soltó Fraga para curarse en salud y, a diferencia de Rita, se acabó casando aunque no sabemos si para dejar atrás las francachelas del pasado o para tapar una vida disoluta a la que no pensaba renunciar. Como un Vito Spatafore gallego, aquel sicario de Tony Soprano que tuvo que huir por piernas y a punto estuvo de encontrarse honestamente a sí mismo de no ser por la bendita tradición. Con su rishita prognata, su recurrente ironía, nos imaginamos a Mariano pasándoselo teta, y hablando a la mañana siguiente de tú a tú con Elvira, su señora, que al fin y al cabo debe ser una mujer moderna.  Obviamente esa historia oculta nos encanta y nos hace adorar más al personaje como adoramos más a Pedro J. después de lo del corpiño. Gente liberal. Me juego el cuello a que si por él fuera no perdería el tiempo derogando el matrimonio homosexual.

Otra de las características de Mariano que me empujan a amarle son esas reputadas ganas de no hacer demasiado, esa vagancia asociada al puro habano que en El País tan bien retrata Peridis, aunque él, arquitecto como es, lo haga con ánimo puñetero de malmeter. Niego la mayor. La vagancia ha de empezar a reconocerse, si no a reivindicarse, como valor en alza también en este país de productividad escasa. Porque una cosa no es consecuencia de la otra: no hay que trabajar más para ser más productivo, como nos diría cualquier teórico del trabajo o el propio sentido común; sencillamente hay que montárselo mejor. Por otra parte las mejores ideas salen siempre de no hacer nada. Que se lo digan al general Kurt Von Hammerstein, al que Hans Mangus Enzensberger ha dedicado un libro de reciente publicación en España. En él, el peculiar antinazi jefe del Estado Mayor de Weimar hacía el siguiente elogio de la vagancia aplicada a las tareas militares:

“Distingo cuatro clases: los inteligentes, los trabajadores, los tontos y los vagos. En la mayoría de los casos concurren dos cualidades. Los inteligentes y trabajadores son para el Estado Mayor; los otros, los tontos y vagos, forman el noventa por ciento de todos los ejércitos y son muy aptos para las tareas de rutina. El que es inteligente y, a la vez, vago, se califica para las más altas tareas de mando, pues aporta la claridad mental y el aplomo necesarios para tomar decisiones de peso. Del que es tonto y trabajador hay que protegerse.”

Lo de Mariano, así, se nos aparece como una forma pausada de ver las cosas, un gusto por tocarse la vaina bajo una higuera a sabiendas de que probablemente eso sea lo que necesite de él España. Tanta leche con el reparto del trabajo y el decrecimiento y va a ser Mariano su primer adalid. A pesar del qué dirán, nuestro hombre se acaba el puro y bosteza.

Íntimamente ligadas a la vagancia están su gestión del tiempo mediático y su reticencia, supuestamente gallega, a concretar nada. Que Mariano no tiene discurso, dicen los críticos; que en plena tempestad política, con la prima de riesgo ésa dando por saco, el presidente del PP no ha tenido la decencia de salir a hacer una declaración. Naturalmente tendrá mucho que ver la estrategia política de dejar que el barco socialista se hunda solo, basada en la ley según la cual en España no se ganan las elecciones sino que las pierden los otros, pero me da a mí en la nariz que, por lo dicho en el párrafo anterior y por su conocido repelús a los asesores de imagen, a Mariano le parece requetebién. Que hable Soraya, que la líe Esperanza. Quizá por deformación profesional, o por sufrir en mis carnes y mis párpados como cualquier hijo de vecino las velocidades impuestas por los nuevos medios de comunicación, veo con una mezcla de envidia y aplauso que Mariano vaya a su ritmo. ¿Se lo imagina usted consultando en twitter la última genialidad de @andritxol y apresurándose a retweetear?, ¿verdad que no? Pues eso me alegra. Por otro lado, que en una democracia centrada en los medios, que diría David Swanson, aparezca un tipo con la pachorra de Mariano imponiendo él los tiempos a los periodistas, que tan mal le han tratado desde su propia trinchera, y poniendo los micros morcillones de tanto dejarse querer, no me parece nada mal. Es más, me parece bien. Pues sí, oiga, a lo mejor es el asesor Pedro Arriola ejerciendo de master of puppets con el maquiavélico y exitoso objetivo de que llegue a Moncloa, pero el resultado hace más grande al personaje.

Son tantas cosas, en realidad… Su humor levemente socarrón, su dejadez, sus puros, sus miles de fotos en internet con la mirada bizca, los morritos fuera de lugar y la boca torcida… La pena es que luego los populares me sacan mayoría absoluta y El Sístema, tras la campaña, vuelve a ponerse a trabajar. Pero, Mariano, en el fondo el PP no es tu partido, ¿verdad que no? En el fondo estarías conmigo tomándote una piña colada en un club de Miami, rodeados de lo mejor de los dos sexos, sin pensar ni en toda esa mierda que el Estado mueve ni en tu tan odiado Registro de la Propiedad.

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