Ratas de casino. Un día en la casa del jugador

(publicado originalmente en el número 88 de Playboy. Diciembre de 2011)
(Fotos: Greg Grossmeier; Cabezadeturco)

La conclusión, quizá la menos obvia, es que son lugares acogedores para la mayoría de los que pasan allí días enteros. Tienen que serlo. Nadie gastaría media vida en un casino si además de saciar sus ansias de apuesta no se sintiera también en cierto modo a cubierto del terrible mundo exterior. Al fin y al cabo para eso sirve cualquier juego, para olvidar todo lo demás, el paro aberrante, que la deuda pública está a punto de llegar al colapso, que los bancos ya no conceden créditos y que el juego de azar más perverso de todos, el de la especulación bursátil, se nos ha ido definitivamente de las manos. Probablemente sin pensarlo, el legislador actuó para preservar esa exótica paz y decidió, mediante Real Decreto de 1977, que no se otorgarían licencias en municipios de más de trescientos mil habitantes. Tiempo después las concesionarias de algunos casinos, como el de Barcelona -entonces en Sant Pere de Ribas- o el de Zaragoza -entonces en Alfajarín-, no creyeron que dicha limitación fuera necesaria para garantizar el buen estado de ánimo de sus clientes y pidieron a los gobiernos autonómicos, que a la postre son los que detentan las competencias en esta materia, que les hicieran un huequecillo más grande algo más cerca de la civilización. Y lo lograron por razones que desconocemos, y de las afueras se acercaron al casco urbano y hoy tenemos casinos en pleno centro de ciudades tan necesitadas de azar como Barcelona o Bilbao.

Probablemente es esta la razón por la que la fauna que puebla las salas rompe hoy con el tópico de los viejos millonarios repulsivos acompañados por rubias recauchutadas que les dan suerte. Como en muchos estereotipos algo de verdad hay, porque siempre habrá ricos muy ricos que vayan a jugarse los cuartos al blackjack, pero la proximidad de las ruletas al pollo de a pie, a la parada de metro y al bar de tapas de la esquina, dibuja un nuevo paisaje. Y uno se da cuenta entonces de que está haciendo cola para entrar, como en una discoteca de barrio, y al pedirnos la empleada el DNI pensamos más en nuestras escapadas nocturnas con diecimuchos recién cumplidos que en aquel mundo de lujo y boato que nos vendió Hollywood. Este formalismo desvela las grietas en un mundo de libertad y ocio absoluto que el Estado ayuda a tapar: las personas con serios problemas de juego, los adictos, no entran. La legislación les llama autoprohibidos, puesto que son ellos o sus familiares los que piden entrar en el registro que les mantendrá fuera de la sala. En 2010 la lista en Catalunya ascendía a once mil personas; seis veces más que quince años atrás, lo cual no significa que haya ido en aumento la ludopatía sino afortunadamente su reconocimiento.

Es lunes. Pasamos las compuertas de control justo tras un treintañero chino que parece tener prisa por entrar. Y entra solo, decidido, no espera ningún tipo de sorpresa, de la misma forma que uno no las quiere cuando entra de noche al portal de su casa o a la oficina de buena mañana. Si no fuera tan acelerado se le olería el tedio entre el fajo de billetes de su cartera, que entran y salen monótonamente cuatro tardes a la semana. Lo perdemos de vista cuando desaparece escaleras abajo, directo a la sala grande. En la planta superior solo hay tragaperras, centenares de ellas, alineadas como lavadoras en un hipermercado, que compiten por distinguirse las unas de las otras ante el cliente con dibujitos y ruidos diversos. La clientela, sin embargo, no parece muy preocupada por si el jackpot lo dan cinco piratas en línea, cinco limones o la familia completa de El Rey León. Mujeres y hombres ojerosos que en su mayoría ya han pasado los sesenta se repanchingan como pueden en los taburetes, en disposición de enfrentarse durante jornadas completas al azar de las máquinas. De lejos, se les ve como a los grises oficinistas neoyorquinos perdidos en el mar de mesas de la compañía de seguros de El apartamento. También para perderse entre las tragaperras hace falta identificación al entrar, por cierto, lo cual fue caballo de batalla de los casinos que al discutir la norma con la Administración no entendían la diferencia entre este espacio y una sala de recreativos cualquiera o, demonios, un bar. Por si acaso, debió pensar el legislador, por si acaso.

Escalera abajo, por donde ha huido el hombre apresurado, se abre la sala principal, diáfana y ruidosa, con la ruleta como núcleo y la ficha como fetiche. A la izquierda, disimuladas por algo así como un biombo, las mesas más caras; a la derecha, en un rincón, la poker room, entre paredes oscuras que llaman a la competición y al juego que más cerca está de parecer un deporte. En el centro, entre las ruletas baratas y las mesas de blackjack, un banco circular rematado con una escultura inclasificable que da al casino, esta vez sí, su proverbial aureola kitsch. Al fondo nos volvemos a encontrar con el chino, que cambia en caja su fajo de billetes verdes y violetas, de esos tan caros de ver, por fichas de distinto valor. Zanja la operación sin mediar palabra con los empleados y nos damos cuenta de algo habitual en este no-lugar: de hecho, uno puede hacer aquí casi cualquier cosa sin abrir boca. Nos fijamos en las mesas y descubrimos que, a ojo de buen cubero, siete de cada diez jugadores son chinos, que en muchas ocasiones tienen problemas para comunicarse en español con los crupieres y prefieren jugar la carta del silencio. En realidad, se diría que sucede venga el jugador de donde venga, pues los mismos juegos, rutinarios en su mecánica, favorecen el ensimismamiento. Cualquier rata de casino ducha en el reglamento puede moverse como Pedro por su casa de mesa en mesa diciendo lo que tiene que decir únicamente mediante fichas. ¿Desde cuándo es necesario anunciar en voz alta que queremos apostar a caballos del 16 o quinientos euros al rojo si podemos acercamos al fieltro de la ruleta y colocar la cantidad deseada?

En las ruletas más baratas, las de a dos euros y medio la apuesta mínima, un tumulto se agolpa a codazos entre el “hagan juego” que iniciada la jugada y el “no va más” que la finaliza, las dos únicas indicaciones que da el crupier en esa jungla de brazos y fichas en donde cada jugador sabe lo que le corresponde. Un jefe de mesa y una cámara conectada con un servicio central dirimen los conflictos y disuaden a los listos de coger lo que no es suyo. Se diría que reina un orden particular dentro de ese barullo, de ese casino que en italiano dio nombre al lugar. La ruleta francesa, casi idéntica a la americana excepto por la distribución del tapete y porque todos los jugadores apuestan con el mismo tipo de fichas, permite colocar un par de sillas alrededor. Allí sentada y muy celosa de su espacio vital, una anciana emperifollada y con mirada torva, se queja al acercarnos, al intentar apostar a un número cercano al suyo, cuando un chino se apresura a coger su premio; se queja casi por cualquier cosa. Al otro lado, su versión simpática, la única persona que habla con el crupier, una mujer que quizá lleve más años sentada allí que la vieja de enfrente y que, sin embargo, conserva el humor y bromea. Diez minutos más tarde se habrán vuelto las tornas y será ella la gruñona, cuando se dé cuenta de que pierde más dinero del que toca. Aparece de pronto, entre las cabezas de los doce o trece que juegan en esta ruleta, un tipo enorme, con polo gris y una cruz de Caravaca al cuello, mal engominado, de ojos cansados a medio abrir y manos curtidas por quién sabe qué; apuesta fichas de cien euros a varias jugadas y desaparece. Volverá en el momento justo, cuando anuncien dónde ha caído la bola, para recoger lo que es suyo sin cambiar el gesto. Ha acertado un pleno de doscientos euros al treinta y tres; 7200 euros que se embolsa mecánicamente, sin ningún tipo de ilusión. La vieja malcarada le mira con envidia odiosa por haber llegado y besado el santo, mientras ella lleva horas sin ganar una mísera seisena. Lo que la mujer no tiene en cuenta es el dinero que debe haber perdido el gordo en otras mesas, en su trayectoria de apuestas de ruleta en ruleta.

En la zona de apuestas altas el ambiente es distinto, en concordancia con el tipo de jugadores que allí se encuentran. Basta aumentar los dos euros y medio de apuesta mínima a cinco o diez para que las ruletas se vacíen de chinos, jóvenes y ancianas y queden solo tipos de mediana edad, bien vestidos y altaneros, acompañados ocasionalmente de sus esposas, que mientras apuestan de quinientos en quinientos departen amablemente con crupieres a los que conocen ya de hace años. Quizá el gordo itinerante se deje caer también por aquí, entre bola y bola de las mesas pequeñas, sin tener que apartar esta vez a la miríada de tipos que tiene que empujar allí a codazos.

Y sin embargo es lunes y, pese a las diferencias económicas evidentes entre unos y otros, los presentes tienen algo en común que los distingue de los visitantes de viernes y sábado y es que todos ellos son habituales, ratas de casino, acostumbrados a los silencios, a las brusquedades, viejos conocidos de los crupieres. A algunos de ellos en la casa les llaman jornaleros. Son los tipos que se toman el juego como una profesión y les basta con sacarse cuarenta o cincuenta eurillos al día, controlados hasta el último céntimo, para sacarse un sueldo, con constancia y esfuerzo diario, y vivir de ello. Los hay. También los habrá con motivos algo más sórdidos, los que pasando por caja blanquean un dinero procedente de cualquier lugar inhóspito. Difícil separar a simple vista el grano de la paja, en este caso. Un viernes cualquiera aparecen nuevos personajes, eventuales o primerizos; mozalbetes, por ejemplo, que nada más cumplir los dieciocho quedan con sus amigos más o menos pijos, se ponen americana porque creen que así es como debe ser y entran con el morbo de los inocentes a descubrir, si andan con ojo, un mundo aparte pero indudablemente no más luminoso. Algunos de ellos volverán y quizá se les vaya de las manos, otros volverán pero solo de vez en cuando. Estos son los eventuales, los hijos de vecino, usted y yo y el guiri que pasa por la ciudad y decide gastarse unas perras en una ruleta exactamente igual que la de su país. Las noches de fiesta se ve más ilusión en las mesas, queda en suspenso el tedio del veterano de ver caer la bola mil veces sobre un número que no conviene y cada tirada de ruleta se vive como un acontecimiento; resuenan los gritos y las risas. La vieja malcarada odia estos días.

Pero hoy sigue siendo lunes y al fondo, en la poker room empieza uno de los torneos importantes. Desde la barra del bar vemos pasar aún otro tipo más de jugador, el que no toca la ruleta, el que apenas juega a cartas contra la casa porque nada tiene que ver con el juego que le trae aquí. El jugador de póquer, amateur o profesional , procura evitar pensar en el azar, se mueve en un circuito aparte y habla con un léxico que el resto de ratas de casino solo oyen cuando cometen el error de dejarse caer a jugar contra ellos, por probar suerte. Frente a ésta, la habilidad y el reto de alzarse como ganador de un campeonato importante, como en cualquier deporte pero sin sudores ni calambres, han llenado los casinos de España de un nuevo perfil de cliente. En términos generales es más joven, juega a algo que sale por la tele y se ha convertido, por lo tanto, en un sector que vale la pena cuidar. Por eso se empezaron a abrir y mejorar las poker rooms y por eso cada día hay más torneos y mesas para jugar a póquer de círculo.

Empieza el torneo y los jugadores de póquer se meten en su rincón. Las ruletas siguen girando, como vienen haciendo desde la noche de los tiempos, entre tipos que rozan la ludopatía. Sin movernos de la barra llamamos al camarero y pedimos un café con leche, totalmente alienados de la realidad exterior, masajeados por el rumor regular y monocorde de las fichas y la voz impersonal de los crupieres. Nos sobrevuela el temor a que si permanecemos media hora más aquí sentados quizá ya nos quedemos de por vida.

El alivio de los de toda la vida

Los casinos empiezan ya a respirar tranquilos tras la aprobación en mayo de la ley del juego online
El pasado mes de mayo se aprobó en España la ley que intenta ordenar el juego y las apuestas electrónicas. Era algo que pedían con insistencia, casi de rodillas, los operadores de juego tradicional, entre otros los casinos, y que el Estado sabía que tenía que hacer. Lo que no tenía mucho sentido es que se movieran millonadas en la red a fuerza de apuestas y que Hacienda no viera de todo ello ni un duro. El argumento de los casinos es que tras décadas cumpliendo leyes restrictivas, que impedían por ejemplo la publicidad de sus actividades, ahora vengan empresas como Bwin y se forren con las apuestas españolas y hasta tengan la desfachatez, en este caso, de patrocinar al Real Madrid. Se quejaban lisa y llanamente de competencia desleal. Finalmente el Gobierno regula todo el embolado y se crea una Comisión Nacional del Juego que será, entre otros cometidos, la que decida quién opera electrónicamente y quién no. Ante el incumplimiento la Comisión podrá cerrar webs y bloquear los medios de pago con tarjeta.
El pasado 15 de noviembre se abrió el periodo para solicitar las licencias de operador y, por lo pronto, el Casino Gran Madrid de Torrelodones, un casino físico de los de toda la vida, ya ha puesto la patita con su proyecto online. Es de suponer que grandes plataformas de póquer como Pokerstars también acabarán teniendo su dominio español y que la transición a la legalidad será fluida de modo que su enorme bolsa de usuarios no se vean perjudicados.

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2 Responses to Ratas de casino. Un día en la casa del jugador

  1. Marcray says:

    Bravo.

    Hace años q no compro la Playboy (ahora q saldra la Lohan igual vuelvo). Tambien podrias hacer un desnudo para el suplemento de La Vanguardia.

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