Las cenizas

(relato publicado originalmente en el primer número del fanzine L’AVENTURA.
Todas las páginas del mismo giran de un modo u otro en torno al tema de los finales. Marzo de 2012)

1978
-Ya hemos acabado, Grillo.
-¿Qué dice, sargento?
-Que ya has cumplido tu papel. Que ya está todo hecho, que ya tienes tu sobre y que ahora vas y te pierdes. Desapareces para siempre, ¿me oyes?
-Pero digo yo que me buscarán. Que esto no es como robar cuatro duros, sargento. ¿Y si me pillan?
-Pues si te pillan tú achantas y a mí no me has visto nunca. Se hará lo que se pueda por ti, pero no tienes nada asegurado. Ya lo sabes. Solo te garantizo un tiro en la nuca, que me encargaré de pegarte yo personalmente, como nos enteremos de que has abierto la boca. Más te vale perderte, majo, y bien lejos de Barcelona.
-¿Y ande vi a ir yo, si no tengo más que lo de este sobre?
-Donde te salga de las pelotas, Grillo. Te digo que se ha acabado lo que se daba. Para los anarquistas y para ti.

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2008
Dejaron atrás el gentío de turistas que anegaban el parque, la explanada de arena y el largo banco ondulado de cerámica; siguieron por el camino esquivando sombreros de paja y cámaras de fotos y, apartadas de la marabunta, se internaron madre e hija entre matorrales. A un punto, la madre se detuvo, se agachó, husmeó como un sabueso los matojos, volvió a erguirse y puesta en jarras declaró:
-Aquí es. Aquí fue.
-¿Aquí? Joder, mama, ¿cómo pudisteis…? Si casi no hay sitio para que se siente uno.
-Bueno, íbamos algo borrachos, felices, nos queríamos mucho, como queríamos a muchos de los que estábamos aquí. El sitio no importaba porque la ilusión y el amor…
-Anda ya. Y el calentón que debíais llevar. Dios, no os quiero imaginar a ti y al papa…
-Pues sí. Anda, calla y pásame la urna.
La chica le dio el recipiente de aluminio a su madre, que escarbó un agujero entre matojos. Abrió la urna y alejando la cara, con un prosaico gesto de dificultad, como quien limpia una taza de váter, vertió las cenizas.
-Despídete del papa, Aurora.
De sopetón, la chica no pudo contener el llanto y volvió a gemir como la semana anterior, desde que le anunciaron la victoria final del cáncer sobre el cuerpo de su padre hasta que metieron el ataúd en el crematorio. No sabía si lo de su madre era coraje y serenidad o simple negación del dolor: apenas la había visto llorar y ahora parecía vivir el entierro de las cenizas como un trámite. Una sonrisa socarrona frente a ella le secó los ojos.
-Qué cabrito, el tío. Se me hizo de rogar casi dos años y yo, dale que te pego, tirándole indirectas y soltándole barbaridades. Mira que fui pesada. Pues va él durante las Jornadas Libertarias y sin mediar palabra, el domingo a primera hora de la tarde, me coge de la mano y me aleja del grupito. Me trae hasta aquí, porque no había nadie, y ale, ya está, qué fácil.
Desde la primera vez que fueron juntos en familia al Parque Güell, Aurora recordaba la historia fundacional explicada mil veces, ahora por su padre, ahora por su madre. Evidentemente aquel día tenía un significado distinto. Callaron las dos.

Pasado un rato, la madre se irguió, se sacudió los tejanos, metió la urna en una bolsa del Condis y rodeó a su hija con el brazo izquierdo.
-Vamos a comer.
Se encontraron de nuevo entre la masa turista, perdidas en la explanada de arena, como zombis, cegadas por el sol de mediodía. Al fondo, la ciudad y el mar en ocre y azules turbios. Barcelona igual que treinta años atrás pero con más afeites, peripuesta como una vieja burguesa que no acepta sus arrugas.
-¿Se te ocurre algún sitio, niña?
Aurora volvió en sí y pensó rápido. Tenía unas ganas locas de huir de aquél lugar.
-Con Dani hemos ido un par de veces al Delicias y se come bien. Quizá haya que esperar pero está de puta madre. ¿Te parece?
-Tú mandas.  
Dieron media vuelta y enfilaron hacia arriba, hacia la salida del Carmelo.
-¡Nchts! Mierda de parque. Lleno de guiris todo el año.
-No te quejes, Aurora, que de momento se puede venir sin dar explicaciones a nadie. Que ahora con la excusa de los guiris quieren cobrar para entrar. Joder, si nos hubieran dicho esto entonces…
-¿Qué hubierais hecho, mama?, ¿secuestrar al alcalde?
-Pues no, pero liarla… ya te digo yo que la hubiéramos liado. Éramos muchos, Aurora; distintos y muy vagos si tú quieres, pero había conciencia de unidad y teníamos ganas de fiesta. De ahí lo de las Jornadas. Niña, éramos seiscientas mil personas bailando, cantando, discutiendo…
-Jugando entre arbustos…
-También.  

Pasaron otra vez cerca de la tumba improvisada del padre. Desde el camino, la mujer volvió la vista hacia los matorrales. Se encendió un cigarro.
-¿Y dónde se supone que acabasteis, mama?
-¿Quién?
-Todos aquellos, muchos, distintos y vagos… ¿dónde estáis?
Miró a su hija y dio una calada larga.
-¿No te hablamos nunca tu padre y yo del caso Scala?
-Sí, mama, la conspiración aquella contra la CNT. Pero cuesta creer que todo el movimiento liberal…
-Libertario.
-Que todos los anarquistas desaparecierais de la faz de Barcelona y volvierais a las cloacas por culpa de un incendio.
En realidad a Aurora le gustaba escuchar el mismo cuento repetido una y otra vez de su boca. Aquél domingo lo necesitaba especialmente. Por enésima vez refrescaría la siniestra historia del Caso Scala, folletín policíaco en infinitas entregas gracias a la memoria de su madre. Una forma como cualquier otra de fijar el recuerdo de su padre.
-A ver, no solo fue aquello. Es verdad que había muchas discusiones en la CNT de puertas para adentro, y que no a todos nos importaba el sindicato, y que había mucha gente que iba por libre y toda la pesca, pero sin el Scala… Fue apenas medio año después de lo que pasó aquí. Estábamos todos bastante creciditos con nuestro éxito y se veían posibles muchas cosas. Tras una manifestación de rechupete contra la farsa de los Pactos de la Moncloa van cuatro con ganas de marcha y siguen a un tipo que luego resultó ser un infiltrado policial, un tal Gambín, el Grillo… el muy cabrón se hacía llamar el Viejo Anarquista. Se ve que el tío los animó, que estaba todo muy bien preparado para que el desastre fuera inevitable. Se fueron para el cruce de Consejo de Ciento con Paseo San Juan, donde estaba la sala de fiestas, y empezaron a lanzar cócteles molotov hasta que ardió como una mala cosa. El edificio entero se acabó viniendo abajo y allí dentro murieron cuatro personas.  Los cuatro, agárrate, trabajadores afiliados a la CNT. Ya me dirás tú qué mierda de atentado anarquista, si el resultado es que palman cuatro trabajadores… y para más inri afiliados a nuestro sindicato. Luego se dijo que alguien habían llenado de fósforo el edificio para que ardiera más rápido. No es muy propio de cuatro críos impulsivos, ¿no?
-Ya.
-El caso, y ahora viene lo bueno, es que no tardaron ni dos días en pillar a los cuatro chavales y al Grillo. No se ha visto una eficiencia policial como esa ni en CSI, niña. ¡Dos días! Los periódicos empezaron entonces una campaña de acoso y derribo contra la CNT y contra el movimiento libertario, así a lo bruto. Sacando lo peor del imaginario popular sobre el anarquismo: las bombas, la acción directa, ya te puedes imaginar. Confundiendo la radicalidad de las ideas con la violencia de los métodos. Echando mierda, vamos.
-Hombre, algo de mierda sí que habría. Que los explosivos no se tiraron solos, mama.
-Claro. Mañana un empresario del PP mata a su mujer y al día siguiente todos los empresarios y todos los peperos pasan a ser sospechosos de malos tratos. ¿Verdad que no? ¿Te digo lo que pienso?
-Ya lo sé, mama.
-Pues que el anarquismo estaba en su mejor momento. La cosa libertaria tenía una aceptación increíble tanto entre la gente joven como entre los mayores, los que recordaban la antigua CNT. Las asambleas, el rechazo a los líderes, la concepción de las relaciones humanas, del amor… bueno, todo eso tan hippie y a la vez con tanto tirón en las fábricas, quieras que no asustaba. Rodolfo Martín Villa, que era el ministro del Interior, llegó a decir que le preocupaba más el activismo anarquista que ETA o los GRAPO, tócate las narices. Y se lo cargaron todo, Aurora. Con el incendio de la Scala la gente se empezó a asustar, algunos empezaron a poner reparos a que se asociara su nombre al anarquismo, a muchos otros les cabreó la muerte de aquellos trabajadores, y al final caímos todos en la trampa tal y como había previsto el gobierno. Bueno, tu padre y yo no, tu padre y yo…
-Mi padre y tú sencillamente teníais otras cosas de las que preocuparos.
-¿Qué dices, niña?
-Y con razón, mama. Estaba yo al nacer, el papa estaba contento con sus obritas de teatro y sus cosas, tú en el periódico tres cuartos de lo mismo… Al fin y al cabo, Barcelona ya era otra cosa, ¿no? Ya podíais hacer nudismo en las playas, comprar revistas guarras o políticas… bueno, leche, las mismas Jornadas. Si las pudisteis celebrar es que tan mal no estaba la cosa.
-¡Acabáramos! Sólo faltaría, Aurora… ¿Pero tú sabes cómo estaba realmente España?, ¿tú sabes lo que fueron los Pactos de la Moncloa? Mientras estábamos todos en la calle, protestando como no se ha vuelto a ver en este país, pensando en una sociedad democrática, va el gobierno y pacta con los cuatro líderes de Comisiones Obreras el invento de la paz social. A partir de entonces los conflictos los negociaban los comités. Y olvídate de según qué reivindicación, que la crisis se estaba poniendo muy fea.
-Ya, ¿y los tanques?, ¿y el 23-F? Porque si los militares sacaron los tanques es que la cosa estaba muy delicada. Lo digo porque a lo mejor no había más remedio que firmar los Pactos de la Moncloa.
-Puede ser, pero entonces no me digas, como un lorito, que la transición acabó con un apretón de manos. En este país las cosas nunca han acabado con apretones de manos, acaban con apretones a secas.
Y entonces qué cojones habéis hecho el papa y tú estos últimos treinta años, totalmente ausentes de cualquier asunto que no fuera estrictamente lo vuestro. Pero eso Aurora ya no se lo dijo. Habría sido injusto. Habría sido cruel. Y además habían llegado ya a la carretera del Carmelo, frente al bar. Habían dejado el parque atrás. Pasaron dos coches, pasó el 24 y siguieron las dos como pasmarotes sin atreverse a poner un pie en la calzada. Aurora sorprendió a su madre con la mirada perdida, totalmente concentrada en un punto vacío. Antes de dejarse llevar por otro arrebato de pena, le apretó el moflete con un beso sonoro.
-Despierta, mama, que se vuelve a poner rojo.
La madre reaccionó con un pestañeo y sin decir nada cogió a su hija de la mano para cruzar. Antes de entrar a comer, corrió hacia un contenedor amarillo y tiró la urna vacía.

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2011
Rodolfo necesita conducir solo y de noche, sin meta, sin destino, por el simple hecho de conducir; a pesar de las cosas vividas, guiar su Audi A4 es casi lo único que le hace sentirse alguien, sentirse en paz, un hombre completo. Pisando el pedal de aceleración a las tantas de la madrugada, con las autopistas de España solo para él. Don Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación o Interior, larga porra de la Transición, presidente de Endesa y Sogecable, uno de los hombres más poderosos de la historia reciente del país, pasa a ser Rodolfo a secas, y el poder, todo el poder del mundo, sale únicamente del volante, al que se aferra con mano de hierro.  De noche las autopistas son vías intergalácticas fuera de tiempo y lugar, alumbradas con luces naranjas procedentes del siglo cuarenta, puestas allí dos mil años más tarde por vete a saber quién. Rodolfo lo olvida todo, su familia, su país, su vejez, y viaja hacia el infinito.

Esa noche Rodolfo oye un ruido raro en las entrañas del Audi, el coche se ahoga a ciento setenta quilómetros por hora en medio de la nada. Una vez descartado que falte gasolina decide que tiene que parar para revisar el filtro de aire. Tras diez quilómetros de inquietud encuentra una pequeña área de descanso vacía. Reduce la velocidad y detiene el vehículo sin prestar cuidado a las líneas de aparcamiento. No hay nadie, no hay nada, solo el silbar del viento de la meseta. Apenas unos metros cuadrados de espacio para que un coche o dos reposen, un banco de piedra, algún matojo y un par de farolas que tiñen la oscuridad de amarillo ocaso. Rodolfo sale del coche, se estira y respira hondo; siente un escalofrío y abre el capó. Desatornilla la tapa de la caja del filtro, retira la broza y lo vuelve a dejar todo en su sitio. Se enciende el primer cigarrillo en dos semanas y vuelve a sentir otro escalofrío. No oye nada. Solo el viento. Pasea con prisa por el área de descanso para estirar las piernas.

Y al girarse, en el muro que separa el área de descanso del desierto, aparece ante él iluminado por una de las farolas un enorme grafiti. Es una uve mal trazada rodeada por un círculo, una uve que girada parecería una A, un símbolo que Rodolfo casi ha borrado de su memoria y que de repente, en pleno vacío, en un no-lugar absoluto, vuelve a aparecérsele sólo a él. Instintivamente Rodolfo vuelve la cabeza a izquierda y derecha y busca presencias humanas, la del grafitero, la del autor de la broma. Pero el viento arrecia y allí no hay nadie. Allí no ha habido nadie desde que el último operario acabó de pintar la última línea de aparcamiento en el asfalto. Cómo es posible, se pregunta el hombre alzándose el cuello del abrigo. Otro escalofrío le recorre el espinazo, lanza el cigarrillo al suelo y corre hacia el coche como no corría en años. Arranca el Audi y acelera hacia la autopista dejando atrás la uve; esa A de los anarquistas vuelta del revés, que creía desaparecida de las calles mucho tiempo atrás.

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