Una vida más allá del Imserso y la petanca

(versión de un artículo publicado en Diagonal el 4 de julio de 2012.
Foto: Robert Bonet)

Los Iaioflautas se han convertido en uno de los grupos salidos del 15-M con mayor visibilidad
“¿Dónde están los jóvenes?”, se preguntaban hace meses. Con algo de abuelos Cebolleta de la lucha política, aunque poco nostálgicos porque seguían al pie del cañón, un grupo de veteranos militantes observaban la decadente espiral político-económica en la que estaba sumida el país y se preguntaban, quizá abusando del tópico del joven pasota, dónde estaba toda aquella gente que de algún modo tenía que hacer reventar las costuras del sistema. Entonces –discúlpese la mitificación- explotó el 15-M. Y tal y como nos cuenta Felipe Aranguren, portavoz de los Iaioflautas barceloneses, aquél grupo de veteranos arqueó las cejas, abrió mucho los ojos y se sintió deudor del nuevo movimiento en las plazas.

Aquel grupo de catorce personas, en su mayoría procedentes de Comisiones Obreras y del movimiento comunista, entendieron que había que subirse al carro y esta vez se preguntaron por qué no hacer un movimiento dentro de aquel movimiento en red. La idea era dar un toque de atención a la gente mayor, a todos aquellos que quizá no se veían en la tesitura de encender la máquina pero que una vez en marcha sabían que ellos también eran sujetos del cambio social. “Hay una vida más allá del Imserso y la petanca”, argumenta Aranguren, y por eso crearon los Iaioflautas, para romper también con la inactividad política de la gente jubilada. Y hoy le dan las gracias a Esperanza Aguirre, que se salió un día más por peteneras y soltó aquello de que el 15M no era más que un grupo de perroflautas. De la brillante ocurrencia adoptaron ellos con sorna el nombre y, de paso, le dieron al asunto una pátina de cachondeo.

Desde octubre del año pasado el grupo de Iaioflautas de Barcelona ha logrado aglutinar a un centenar de personas que acuden con regularidad a las acciones y las asambleas. Por ello, según su portavoz, no se definen ideológicamente de forma explícita. Renuncian, más por pasiva que por activa, un poco por dejación, a un posicionamiento ideológico fuerte, en el sentido de que no consideran que sea su misión como Iaioflautas el defender un proyecto determinado a largo plazo. Pueblan sus filas gente de tradición comunista, anarquista o de perfil tirando a socialdemócrata; gente mayor hasta las narices, “con un germen anti-banca”, que aunque renuncien en sus asambleas y acciones a la ideología no renuncian en absoluto al análisis crítico. “Sin salir del sistema, porque no queremos asustar”.

Aunque tenga gracia que esto venga de personas que en ocasiones rozan los ochenta años, es un grupo orientado a la acción radical, y han hecho de la ocupación de espacios simbólicamente cargados su bandera y su elemento distintivo. En ocho meses han entrado en sedes bancarias, en las oficinas de la agencia de calificación Fitch, en la patronal de la sanidad privada e incluso en la temida Consejería de Interior catalana. Su objetivo es ser visibles, muy visibles, tanto como permitan sus característicos chalecos reflectantes y una imagen pública que contrasta claramente con los tópicos del ciudadano en lucha: nadie hubiera dicho hace unos meses que algunas de las ocupaciones más vistosas de este ciclo de movilizaciones iban a ser protagonizadas por jubilados. Deciden cuál es el foco de conflicto en cada ocasión y toman sus espacios más representativos para criticar con estos abordajes los recortes a los servicios públicos o los favores del Estado a la banca. Permanecen un tiempo prudencial, generalmente corto, leen un manifiesto ante las cámaras y los implicados, y una vez difundida su reivindicación se retiran hasta nuevo aviso. Su edad, además, les da una ventaja extra, un escudo contra posibles desalojos policiales violentos que, según Aranguren, se habrían producido ya si fueran algo más jóvenes.

Juegan por lo tanto con su imagen pública, con la imagen del yayo apacible repentinamente subvertida. Y para ello, desde el primer momento, asumieron que era necesario jugar también con los medios de comunicación tradicionales. Han aparecido en multitud de programas de televisión y constantemente entran en la agenda de los periodistas de informativos y en revistas de muy distinta índole, incluso del corazón. Son probablemente los que mejor pueden hacerlo. Según Aranguren, llegan “a sitios donde nunca llegarían los jóvenes” y logran, a su manera, ir acabando con esa criminalización del 15M que viene de ciertos ámbitos periodísticos acostumbrados a asociar cualquier movimiento social a jóvenes ociosos. El iaioflauta suelta la risa cuando recuerda su entrevista con Nieves Herrero que, según nos cuenta, no tuvo más remedio que tragarse sus ataques frontales a las grietas del sistema.

Su autonomía organizativa

Los Iaioflautas surgen del 15M, son autónomos y a la vez dependen del gran movimiento en las plazas, se coordinan con otras iniciativas y eso les hace formar parte de la enorme red que se ha ido creando en nuestras ciudades durante el último año.  Y sin embargo los Iaioflautas se distancian de otros sobre todo por su forma de organizarse. Aranguren nos cuenta que no han renunciado a un “nucleo duro” que coordine y lleve los asuntos del día a día para aligerar el trabajo de las asambleas;  en este núcleo se encuentran los encargados de la tesorería, de la organización, de la comunicación, de la prensa –nuestro entrevistado- y de la coordinación general. Son ellos los que proponen acciones y piensan, a partir de lo que se discute en la asamblea, en lugares susceptibles de ser ocupados. El carácter radical de sus acciones requiere una cierta discreción para que no les vuelva a ocurrir lo que la primera vez: que se encontraron con que la policía les estaba esperando. Sin meterse con las decisiones de otros colectivos están convencidos además de que hacen falta portavoces, caras visibles con canas, con gafas, con arrugas y ánimo de desentumecer topicazos políticos.

Cómo un viejo se convierte en Iaioflauta

– En mis tiempos…- suelta un tipo sentado en el banco del parque.
– ¡Éste es tu tiempo! – responde el Iaioflauta.

Con la que está cayendo, muchas personas que creían que sus nietos iban a vivir mucho mejor que ellos  por arte de birlibirloque y por gracia del capitalismo, de repente están teniendo que ayudarles a llegar a fin de mes con su pensión o reagrupando a las familias en su piso. De repente un abuelo siente que le han tocado, que le han tocado a él, a su familia y al vecino. Vive el desahucio en sus propias carnes y comprende que responder a la irresponsabilidad bancaria ya no es una cuestión más o menos teórica, más o menos ideológica, sino como dice Felipe Aranguren, portavoz de los Iaioflautas, pura “cuestión familiar”. Parece ser que el escándalo de las acciones preferentes ha engrosado en gran medida las filas del movimiento: quizá sea solo la punta del iceberg pero el hecho de que el abuelo descubra un día que le “ha estafado el director de su oficina”, aquel chaval tan simpático, le saca de su casa y lo pone a ocupar sedes bancarias.

Y no son pocos. Desde octubre el movimiento se ha ido reproduciendo por todo el Estado a partir del ejemplo barcelonés. Primero empezaron los grupos de Iaioflautas del área metropolitana catalana, en el barrio de Bellvitge de L’Hospitalet, en Sabadell; más tarde en el resto de Catalunya. Recientemente se han  constituido Padrinsflautas en Mallorca y hay grupos de Yayoflautas en Madrid, Sevilla y Valencia. En Córdoba acaban de empezar. Desde Barcelona advierten que no son una “franquicia” y que cada grupo funciona de forma autónoma, aunque se hayan planteado crear una web común que les conecte. En Madrid por lo pronto se han registrado como asociación y, aunque sean los únicos que lo han hecho, la ocupación de Bankia se llevó a cabo de forma coordinada en cinco ciudades distintas.

Hoy reciben centenares de tweets de jóvenes que les muestran su apoyo pidiendo ellos también ser Iaioflautas, pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. En unos meses el movimiento ha conseguido, entre otras cosas, que haya gente que envidie tener setenta años. A la vez, Aranguren se enorgullece de ver como “los yayos han rejuvenecido”, y eso, para el jubilado que está viendo como se pierde el horizonte  de expectativas de sus nietos es curiosamente una victoria. Al fin al cabo la edad es un poco lo de menos cuando hablamos de cambio social porque, como repiten los Iaioflautas a quien quiera oírles, “uno no está muerto hasta que se muere”.

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