Te frío un huevo

(relato publicado originalmente en el segundo número del fanzine L’AVENTURA.
Todas las páginas del mismo giran de un modo u otro en torno a la comida. Junio de 2013)

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– Que me he hecho vegetariano.
En realidad su abuela no le oía. Cada trozo de masa de bacalao que caía en la sartén, cada futuro buñuelo, excitaba de nuevo el aceite hirviendo y juntos, buñuelo y aceite, competían con el extractor por ver quién montaba más ruido.
– Vaya sarao que tienes ahí, yaya. ¡Que me he hecho vegetariano!
Su abuela no le oía, además, porque a sus setenta y pico años había empezado a perder facultades por la oreja y un pelín más sorda sí que estaba. De todos modos aunque le hubiera oído perfectamente, aunque sin extractor ni sordera todos los fonemas hubieran entrado campantes por el tímpano desde la uve a la o, la mujer tampoco hubiera tenido mucha idea de a lo que se refería el nieto. Mejor iba a ser explicárselo con calma cuando acabara de freír la primera ronda de buñuelos y la cocina se dejara de jaranas.
El abuelo y el primo llevaban ya un rato sentados a la mesa; picoteando uno las pocas aceitunillas que había en la ensalada y cambiando de canal el otro, con el moflete apoyado indolente en la mano derecha, mientras acababan los anuncios y volvían los Simpson. Él se sentó de espaldas al televisor y por primera vez en su vida de nieto analizó la mesa que había puesto la yaya y revisó plato a plato toda la comida sobre el hule de flores. Vio una bandejita de metal con boquerones en vinagre hechos en casa el día anterior, y un plato más pequeño donde para ahorrar espacio se mezclaban unas pocas avellanas con una docena de rodajas de fuet; en medio, una fuente de ensalada con su lechuga, su tomate maduro, su cebolla y su pepino, sus alcaparrones, sus aceitunas en extinción por efecto del abuelo y una lata de atún. A un lado, una botella de Fanta de naranja de litro y medio, un Bitter Kas que el yayo estaba punto de acabar y la jarra de agua fría que el primo bajó al suelo porque le tapaba la tele. Junto a él, casi al límite de la mesa, una barra de cuarto fresca y una hogaza de pan de ayer que sus abuelos se comerían, para ahorrar, antes de empezar la otra.
Cogió el tenedor. Y haciéndolo esperar sobre vasos y platos cayó en la cuenta de que su nueva dieta como mucho le iba a dejar picar una avellanita o un gajo de tomate al que tendría que limpiar meticulosamente el atún. Ni boquerones caseros ni fuet de Vic; su nueva forma de vida llegaba ese mediodía al comedor de sus abuelos, donde más difícil iba a ser todo, donde aprendió a comer y a poner nombre a las cosas y donde, por lo tanto, la comida era más él. Eso de que la mejor cocina es la de la abuela no son más que paparruchas de anuncio de sopas: la yaya era una cocinera tirando a mediocre y, para placeres sobre la mesa, el solomillo al Pedro Ximénez del restaurante donde celebró su cumpleaños hacía dos años o el arroz negro que pedía en Llançà cuando iba al camping de los suegros. En cualquier restaurante se comía  mejor que en casa de sus abuelos. Pero el problema no era ese. Con su nuevo régimen tiraba al váter algo más que el rape rebozado, los bistelillos de carne y el bull que traía la tita del pueblo.
Dejó el tenedor. Y con los dedos optó por un alcaparrón gordo, que al menos sabía fuerte.

Llegaron la olla de lentejas y cuatro platos hondos de vidrio marrón y se fueron a cambio las dos avellanas y el boquerón que su primo había dejado temblando en las bandejitas. A la yaya le encantaba que su nieto pequeño se hartara de comer, pero el tópico no se lo ahorró.
-Nene, a ver si ahora no te vas a comer el potaje.
-Déjale que coma,- soltó el abuelo – lo que tiene que hacer es dejar de beber galipuche.
El galipuche era la Fanta, aunque nunca nadie había adivinado si el Bitter Kas que el yayo bebía a diario con el aperitivo entraba dentro de la misma categoría.
-Te decía, yaya, que me he hecho vegetariano. Que a partir de ahora ya no voy a comer carne ni pescado.
-¿Qué dices?- soltó la abuela. Frunció un poco el ceño casi con aire de guasa. Tampoco paró de servir el potaje, morcilla y chorizo en cada plato, hasta que las manos de su nieto mayor la detuvieron.
-¡No, nonono! A mí no me eches morcilla.
– ¡Anda, anda, no digas tonterías! Toma, un choricico.
– Nononono. Te digo que ya no como carne.
– Que…
– Ni embutido, yaya, nada de animales.
– ¿Que tú no comes carne? Con los que te gustan a ti los bistés. ¿Cómo te vas a quedar? Mira cómo estás ya de delgado.
– Si no es por lo gordo que esté, yaya; es porque comer tanta carne como comemos es malo para el organismo. Todas las vitaminas y las cosas que necesita el cuerpo las tienen las verduras, eso para empezar. Y luego que los animales no tienen la culpa de nuestros hábitos; que me imagino cómo lo pasan los cerdos en los mataderos o los pollos en las granjas esas industriales y se me pone la carne de gallina… La piel de pollo. Bueno, eso.
– ¡Venga, va, calla ya y a comer! Tú cómete las lentejas y no se hable más.
El yayo había querido sentenciar, abriendo la boca por primera vez, pero la yaya le pasó por encima apelando a esa otra estrategia tan hábil, tan definitiva y tan de abuela: la pena.
– Nenico, con el cariño que te he comprado yo el chorizo…, con los bistecs de buey que te cinchabas tú de pequeño… Va, cómete un choricico.
Él de pequeño. Ahí estuvo bien. Tocaba la fibrilla con maestría y le obligaba a mirarle a los ojos y al cucharón lleno de grasa que tantos años llevaba sirviendo potaje.
No se arredró.
-No, yaya. Las lentejas me las como igual, pero el chorizo pónselo a él.
Y empujó suavemente la mano que sujetaba el cucharón hacia el plato de su primo. Se formó de nuevo un silencio con tele al fondo y la abuela volvió a levantarse, esta vez a por los buñuelos y el vinagre.

Empezaron los cuatro a comer potaje, el suyo sin chicha. Cuando dejó en la mesa el vinagre una vez aliñado el plato, se encontró con la cara de su primo que sin apartar la vista de los anuncios sonreía con sorna.
– ¿Y tú de qué te ríes?
– De que eres como el tío aquél del que se enamora Lisa; el vegano de nivel seis, que no come nada que arroje sombra.
– ¿Qué Lisa?
– La de los Simpson
– ¿Y eso del nivel seis?
– Pffff… madre mía…
– ¿¡Madre mía qué!?
– Nada, ten, cómete un trozo de atún, a ver si se te pasa.
– Eres bastante imbécil.
El primo se rió y le hizo callar con la mano al ver que acababan los anuncios. Seguía un capítulo de la tercera temporada, en el que Bart tira su radio a un pozo y con un micrófono se hace pasar por un niño llamado Timmy O’Toole. Todos, hasta los yayos, habían visto el capítulo docenas de veces, pero se le prestara atención o no, se rieran o no con el gag de la ardilla que se parece a Lincoln, la serie formaba ya parte del ritual, como el Bitter Kas o el parte de la Primera. No se acaba el mundo si no como chorizo, pensó; a las tres saldrá Ana Blanco y el yayo seguirá comiendo sandía, la yaya mañana se habrá acostumbrado y me apartará macarrones sin carne. No se acaba el mundo.
– Ten, coge un buñuelo.
La yaya le acercaba el plato.
Secos ya del aceite que la doble capa de papel de cocina del plato había ido absorbiendo, convertidos en cogollos de inofensiva harina frita, además de llamarle a ser comidos a puñados parecían por fuera perfectamente compatibles con su nueva condición, por lo que cometió el error de alzar la mano. Su primo se los metía de dos en dos, el yayo los soltaba en el potaje y se los comía con la cuchara, pero los muy traicioneros, los dichosos buñuelos, iban llenos de bacalao. Y no cogió ninguno. Y le dijo a su abuela que gracias pero que no, que los bacalaos también son animales y que en consecuencia iba a seguir comiéndose las lentejas solas.

Y la yaya le miró con cara de no entender nada, alzó las cejas con displicencia y chasqueó la lengua para seguir comiendo. Se debía pensar la pobre que era un capricho del día, una moda de la Universidad o un chiste que acabaría antes del postre en una orgía de morcillas, fuet, boquerones y bacalao. Y podría haber tenido razón, pero estaba creciendo y esta vez iba en serio. Lo de ser vegetariano era algo más que el simple hecho de no comer carne, aunque fuera difícil explicarle a la familia que no comer carne tenía que ver con un montón de cosas, con una visión distinta del mundo y con una forma muy suya de ser él.
– Pues te los envuelvo en papel de plata y se los llevas a tu novia, que le gusta mucho cómo me salen. No voy a tirarlos.
– Sí, mejor será,- intervino el yayo- llévaselos a ella que tiene más gracia que tú comiendo. Me la voy a quedar de nieta y tú te vas debajo de un puente a comer espárragos. Me acuerdo yo del año del hambre, el hartón que nos pegamos de coger espárragos.
– Venga, déjate tú también,- interrumpió la abuela – ¿quién se acuerda ya de eso?

Apuró las lentejas y, cuando dieron las tres, su primo siguió el protocolo y cambió de cadena. Mientras Ana Blanco informaba del consejo de ministros, él se levantó a llevar platos, la olla, los restos de ensalada. De vuelta a la mesa, con su primo y el yayo aparentemente atentos a la comparecencia rutinaria del ministro de turno, oyó que su abuela le preguntaba si no se había quedado con hambre con tan poca enjundia en el potaje. A media voz, alargó un no de aburrimiento. Y cuando se giró para seguir él también las noticias, desde la cocina sonó una pregunta habitual en día de lentejas, una pregunta ritual de la yaya, casi tan automática como la respuesta que él hubiera dado cualquier otro día si no fuera porque de repente se llenó de sentido.

– Nene, ¿te frío un huevo?
No abrió la boca. Girado como estaba para ver mejor la tele, se cruzó de brazos sobre el respaldo de la silla y su cabeza, de pronto muy pesada, se fue por los cerros de Úbeda. Cuando la abuela salió otra vez de la cocina, se encontró a su nieto absorto, con cara de preocupación, mirando un punto indeterminado del suelo e intentando descifrar un enigma cuya solución no estaba en el comedor de sus abuelos.
– A ti te lo digo. Que si te frío un huevo.
– Yaya,- resolvió el primo entre risas- me parece que no sabe.
Efectivamente, no sabía. Se le juntaron en la mollera de sopetón las voces de sus amigos de la cooperativa de consumo con la yaya quince años más joven preguntando qué se debe en el supermercado, y una portada de un libro de recetas con la foto de sus bisabuelos posando con boina y garrota, y un enorme entrecot sangrante con la cara de su primo enfrentándose al Rey de los Pepinos, como Godzilla y Gamera en Tokio. Y así como quien no quiere la cosa en medio del follón surgió la cara de Ana Blanco que empezó a brillar como una condenada hasta que todo lo demás se evaporó. Y de aquel rostro sin ademán, en un silencio hermético, salió un huevo perfecto que no sabía si era amigo o enemigo, si era síntesis de todo lo anterior o el juez en el patíbulo reclamándole una decisión rapidita.

Cinco segundos después su mollera volvió al comedor y se encontró a su primo llamándole empanao. También al yayo comiendo sandía y a su abuela que empezaba ya a estar preocupada. Intentando esconder cualquier indicio de duda, le respondió.
– Anda, sí, fríeme un huevo.

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