El inventor del satélite y el padre de la estrategia. Poker Hall of Fame 2012

Eric Drache

En un juego como el póquer, en el que los mitos y el capital simbólico de los jugadores son tan importantes, es necesaria una lista como la Poker Hall of Fame; un reconocimiento público de los mejores jugadores de la historia que, a modo de mitología, mantenga viva la épica y entre otras cosas permita a los plumillas seguir narrando leyendas. Esta sala virtual fue ideada en 1979 por el magnate mafioso Benny Binion, propietario del legendario Horshoe Casino y creador -ahí es nada- de la Series Mundiales de Póquer. Quizá porque como decía Amarillo Slim él era el mejor de los malos, paradójicamente le debemos hoy a Binion que el póquer vaya por buen camino.

Cuarenta y cuatro personalidades, entre jugadores y divulgadores del póquer, han sido incluidas en la Sala hasta la fecha, entre las que se encuentran Doyle Brunson, Johhny Chan, Phil Hellmuth o el mismísmo Wild Bill Hickok, al que se nombró ya en 1979 suponemos que para marcar tendencia y demostrar que en la lista solo entraban verdaderas leyendas. En 2009, cuando el joven Tom Dwan apareció en las listas de nominados gracias al favor del público, se introdujo la llamada regla de Chip Reese, que establecía una edad mínima de cuarenta años para entrar en el club. Ante la emergencia de jovencísimas estrellas procedentes del póquer on-line, probablemente los promotores de la Sala decidieron mantener las esencias para que aquello no se les fuera de madre y para que además de buen hacer (indudable en el caso de Dwan) la lista desprendiera un cierto glamour fuera del alcance de los pipiolos.

Brian “Sailor” Roberts

La semana pasada pasaron a formar parte de la selecta Sala Eric Drache y Brian “Sailor” Roberts. Al primero se le distingue por ser un habilidoso jugador de seven card stud –esa modalidad aún extraña para la mayoría de aficionados, en la que cada jugador juega con siete cartas propias, tres tapadas y cuatro descubiertas-, también por haber ideado junto a Binion la misma Hall of Fame, pero sobre todo, en su faceta de gerente de sala, por haber revolucionado los grandes torneos mediante la invención de los torneos satélite. Por buscar un titular, podemos decir que sin Drache la leyenda de Chris Moneymaker no habría sido posible. Sin la idea de los torneos satélite,  clasificatorios mucho más baratos que los torneos profesionales, difícilmente un jugador amateur podría jugar el evento principal de las World Series, por poner un ejemplo paradigmático. La idea de Drache, pues, abrió la puerta a la popularización del póquer presencial y ayudó a convertirlo más o menos en lo que es hoy.

Brian “Sailor” Roberts, por su parte, entra a la Hall of Fame por méritos algo distintos. Doyle Brunson aseguraba que Roberts, muerto en 1995, era después de Chip Reese el jugador más versátil que había conocido, el que mejor jugaba las variopintas modalidades de juego. Y Brunson conocía bien a Roberts. Ambos y Amarillo Slim habían recorrido juntos Estados Unidos de punta a punta desplumando a pobres diablos en partidas de tres al cuarto, años antes de convertirse en los respetados profesionales de Las Vegas que fueron a partir de los setenta. A Sailor Roberts también se le reconoce de algún modo un cierto ascendente sobre el póquer moderno, ya que hablaba de estrategia cuando el común de los mortales únicamente veía rachas de suerte. Aunque Roberts tuvo una vida algo más canalla que la de Drache, que al fin y al cabo pertenece a una generación más joven y no tuvo que hacer de rounder por esos desiertos de dios, ambos entran a la Hall of Fame merecidamente como innovadores y pioneros del póquer moderno.

Si no fuera por la suerte…

En la aburrida discusión sobre el estatus del póquer (que si deporte mental, que si juego de azar, que si chanchullo de criminales) ha entrado recientemente un nuevo argumento en danza. La Federación Internacional del Póquer (IFP), creada en Lausana en abril de 2009, acaba de publicar unas reglas del juego muy completas y muy bien editaditas, más pintureras que un libro de Blackie Books, con ánimo de que sean las definitivas, la referencia mundial a la hora de dirimir conflictos en las mesas. Habrá quien mire con displicencia sus esfuerzos, pero si buscamos un referente oficial, por intención, por seriedad y por miembros, no encontraremos otro mejor que la IFP.

Su objetivo es claro y meridiano: dignificar el póquer por todos los medios y defenderlo sin ambages como deporte mental, consiguiendo, solo un año después de su fundación, que el póquer fuera admitido como observador en la Asociación Internacional de Deportes Mentales… que al fin y al cabo fue creada en 2005, pero que bueno, algo es algo…. Como muestra de las buenas intenciones de la IFP,  su presidente, Anthony Holden, propuso hace unos meses que los institutos británicos aceptaran el póquer como actividad extraescolar, en tanto que promueve la concentración, la memoria, el razonamiento y los patrones de comportamiento positivo.

El mismo reglamento nos propone una forma de juego muy interesante llamada match poker que debe interpretarse como el intento definitivo de homologar el póquer a otros juegos con mayor reconocimiento público como el ajedrez o el go. La idea es sencilla: para que pueda ser reconocido como un juego de habilidad por todo el mundo, con su respetabilidad y su enjundia, el factor suerte ha de ser eliminado del juego. Para ello, la IFP tomó prestados algunos elementos del llamado duplicate bridge y los adaptó a las reglas del Texas Hold’em, la modalidad de póquer más popular a día de hoy. Suponemos que en honor a este préstamo, hasta la aparición del reglamento de marras al match poker se lo conocía como duplicate poker. De hecho con este nombre se celebró el año pasado en Londres el primer campeonato del mundo por equipos, la IFP Duplicate Poker Nations Cup… que ganó Alemania.

 

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European Poker Tour: fuera de las mesas (y 2)

Día 5. A falta de dos mesas

Es de sentido común pero sorprende al primerizo: a medida que pasan los días y avanza el torneo principal cada vez hay menos mesas destinadas al mismo, por lo que de puertas adentro, en la enorme sala del casino destinada al EPT, el main event va perdiendo un protagonismo que ganan los torneos paralelos. Al fondo, sigue la acción en la mesa televisada y en dos mesas adjuntas – treinta jugadores restantes de un total de mil ochenta y dos inscritos-, pero el grueso de los asistentes y la mayor parte del alboroto procede del torneo High roller, con un coste de inscripción altísimo y algunas estrellas como Jason Mercier o Jonathan Duhamel entre los participantes. Luego, en la televisión, en los medios, quizá en la memoria de algún asistente, la atención sí que se la lleva el torneo principal aunque los gritos, las miradas de jugadores curiosos y los movimientos de fichas de las otras mesas eclipsen lo más noticiable de la jornada.

Supongo que dejándome llevar por la masa y la juerga me doy una vuelta entre las mesas de este High Roller, caladero natural de muchos de los grandes profesionales expulsados del torneo principal que se han quedado con ganas de marcha. Solo alguien con una banca saneadita puede permitirse un torneo como éste, y aun así, y aunque nos pese a los que defendemos que el dinero al fin y al cabo no es lo importante,  no es lo mismo irse de un High roller que de un torneíllo on-line para pelagatos de a euro la entrada. Algo tendría que ver el coste de la entrada en la reacción del perdedor en la mano que presenciamos: dos jugadores en situación de all-in y uno de ellos restado. Ambos muestran ases, por lo que a priori no hay peligro para ninguno. Solo hay una manera de que uno de los dos pierda y es que se complete color en la mesa, lo cual pasará únicamente una de cada cincuenta veces que se tiren las cartas comunitarias. Cuatro cartas del mismo palo de un total de cinco. Para jolgorio de los espectadores, que si no tienen preferencias acostumbran a querer sangre, aparecen cuatro tréboles en la mesa y el restado se va a la calle. Su reacción es tan chusca como la forma miserable en que lo han echado. Llena la sala con un improperio a la altura de su mala suerte, y lanza una botella de agua contra la mesa que rebota disparada contra la ceja del jugador de su derecha, que, pobre, ni pinchaba ni cortaba en la mano en cuestión. Mientras se cuentan las fichas para comprobar definitivamente quién tiene menos, el tipo maldice uno por uno a los seis mil millones de habitantes de la Tierra. Se levanta sin decir adiós y nos deja a todos escondiendo la risa tonta, no por su derrota sino por la mala leche.  A mí personalmente se me pasa por la cabeza  lo de Manolete, si no sabe para qué se mete… Precisamente a estos niveles, por la trayectoria y la supuesta experiencia de los jugadores, uno pediría una especial elegancia en la mesa. Aunque claro, todos llevamos a una bestia morbosa dentro, que disfruta con la sangre, el sudor y las lágrimas.

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European Poker Tour: fuera de las mesas (1)

Barcelona recibe esta segunda quincena de agosto al que hasta la fecha es el mayor acontecimiento de póquer celebrado en el país. El Estrellas Poker Tour, circuito de alcance fundamentalmente español, se suma al European Poker Tour, de relevancia internacional, y juntos, uno del 13 al 19 y el otro del 15 al próximo sábado, han montado en el Casino de Barcelona un campeonato doble de padre y muy señor mío. Servidor ha llegado hoy mismo con ganas de fisgar por entre las mesas, y mi primera impresión es que he llegado tarde, que entro con la fiesta a medio acabar. Parece que el día fuerte fue el domingo, último del ESPT, mesa final del torneo paralelo Super High Roller (una cosa muy cara para jugadores muchimillonarios) y aún pululando por  estos lares la mayoría de las grandes estrellas internacionales del juego. Que yo sepa, por ejemplo, Daniel Negreanu volvió a casa ayer y Erik Seidel quedó sexto en el High Roller y con eso tuvo bastante. Aún así queda la traca final. El Evento Principal del EPT, hoy ya en su cuarto día, acaba el sábado y hasta entonces el despiporre barcelonés no parará. Hoy quedaban vivos sesenta jugadores a los que se sumaban los profesionales y amateurs de los seis torneos paralelos del día.

Al llegar al Casino, a la enorme sala que el Hotel Arts cede para el campeonato, uno se ve más capacitado para explicar lo que es el póquer de competición; el póquer deportivo, que dirían los italianos pasándose un pelín de la raya. Centenares de personas, entre organización y periodistas, entre crupieres, directores de torneo, medios especializados de distintos países y las cámaras de la organización atentas a cada mano importante, con su trajín de idas y venidas entre mesa y mesa, esquivándose como pueden, recuerdan en conjunto al sarao de las metas en las vueltas ciclistas. Mil personas con mil funciones distintas pero todas a una como Fuenteovejuna, en un caos ordenado, para que los jugadores jueguen y el público se entere. Y ambas cosas casi con la misma prioridad. En realidad, lo que más abulta en la sala son las cámaras y los micros de percha de Pokerstars, literalmente encima de los jugadores. Sorprenden al visitante novato que se esperaba un silencioso monasterio consagrado a los tapetes y de pronto se encuentra con algo parecido a un plató de televisión. Dejan claro que lo importante aquí es el show-business, la épica de la victoria, los jugadores como stars televisivas y no como ludópatas o macarras portuarios.

Barça-Madrid hasta en la sopa
Con devoción, un servidor, de natural mitómano, se ha dirigido a la mesa de John Juanda y Leo Margets a ver de cerca cómo se juega un EPT en los niveles avanzados. A parte de un all-in de la barcelonesa, del que ha salido airosa y con algunas fichas más, en general la mesa estaba tranquilita. Juanda jugaba poco, se respetaban las subidas de todo el mundo y el ambiente era al fin y al cabo distendido. En un momento dado, de tan tranquilos que debían estar, se han puesto a hablar de fútbol. Margets hablaba de Messi como el mejor jugador del mundo y un brasileño mosqueado le ha sacado a Cristiano como contraejemplo de futbolista estelar. Tras esos piques de estar por casa, tras esas pequeñas afrentas, uno esperaba que hubiera un análisis concienzudo del juego de los rivales; incluso pequeñas estrategias para poner nervioso al contrincante. Supongo que los aficionados tendemos a pensar que en un determinado nivel todo lo que pasa en la mesa de póquer tiene que ver con la partida, pero hasta en las mesas finales de un EPT son necesarios momentos de distensión.

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Ases hasta en la sopa

(publicado originalmente en el número 89 de Playboy. Mayo de 2012)
(Fotos: Alba Lajarín [Àngel Fernàndez]; Planet Póquer [Gerard Segarra])

En menos de una década el póquer se consolida en España como afición, profesión y negocio, gracias a internet y la televisión

Gerard Segarra

Si algo esperan los aficionados de la nueva ley del juego -que fundamentalmente regula el mercado de las apuestas online- es que ayude a consolidar el póquer en España, que lo saque de los sótanos y las trastiendas y le dé el espaldarazo definitivo. Que la ley vaya delante de la sociedad y que con la regulación emerjan miles de nuevos jugadores. Pero generalmente al legislador no le gusta adelantarse; el boom del póquer ya ha sido, y en realidad la ley va a rebufo de un fenómeno cada vez más masivo, que cada vez mueve más dinero y por el que distintos grupos de interés, como los casinos, los jugadores profesionales y las operadoras de juego electrónico, vieron que valía la pena presionar al poder público en un sentido u otro.

No hay una única razón por la que hayamos llegado hasta aquí; no hay un disparo de salida, no hay un momento fundacional mítico por el que babeemos los periodistas. Más bien una cosa se suma a la otra y un buen día nos damos cuenta de que los tapetes están llenos. Gerard Segarra, director de torneos del Casino de Barcelona, es probablemente una de las personas que más esté haciendo por la expansión de la versión presencial del juego, gracias a la variedad de mesas y eventos que ofrece semana a semana su poker room. Él pone como fecha de inicio el cambio de década. Se jugaba entonces en Barcelona al póquer sintético o chiribito, una modalidad extraña para los aficionados jóvenes pero muy popular en España y Latinoamérica. Abren más tarde alguna mesa de hold’em limitado aunque con límites altísimos, al nivel únicamente de los jugadores de ruleta capaces de gastarse mil euros en una bola, que van a probar una suerte distinta. Se les añaden los profesionales europeos, los experimentados tiburones que veían en estos tapetes un fértil estuario de pececillos con dinero. Por el momento no era un terreno adecuado para los aficionados. En noviembre de 2002 se celebra el primer Open de Barcelona y en 2004 España pone un pie en la escena europea cuando el Casino de la capital catalana se convierte en anfitrión de la primera etapa del primer European Poker Tour. Desde entonces todos los EPT han tenido una etapa en Barcelona, en 2011 Madrid-Torrelodones fue la sede del evento final y, según nos cuenta Segarra, su casino es el único del mundo que es a la vez anfitrión del EPT y del World Poker Tour. Todo ello hace de España un referente para los profesionales más allá de sus fronteras, pero no crea de por sí afición de puertas adentro.

Un semillero online
La cosa realmente se dispara cuando el jugador de estar por casa ve póquer en la televisión y descubre que puede jugar a través de internet y ganar algo de dinero. Empieza además a acercarse al casino, e incluso queda finalista de algún torneo en condiciones. Naturalmente, la cosa empieza en Estados Unidos, cuando alrededor del 2000 empiezan las retransmisiones televisivas y la gente empieza a ver el lado competitivo, habilidoso y racional del asunto. Rounders, la película de John Dahl protagonizada por Matt Damon y estrenada en 1998, refleja con acierto esta forma de entender el juego. Otro hito vendrá en 2003, cuando Chris Moneymaker se lleva el evento principal de las World Series tras clasificarse por internet desde su salita de estar. Estados Unidos se excita con esta reproducción al dedillo del sueño americano. Por aquel entonces, las salas de póquer online florecen. Leer más de esta entrada

El héroe obrero de Silesia

(publicado originalmente en el número 88 de Playboy. Diciembre de 2011)

El cara a cara final de las Series Mundiales de Póquer enfrenta por primera vez en su historia a dos jugadores europeos

A pesar del nombre, el evento principal de las Series Mundiales de Póquer es un campeonato fundamentalmente norteamericano, más yanqui que la NBA, la Liga de Béisbol, la Superbowl y la crema de cacahuete juntas. Pero por segunda vez en cuarenta y dos ediciones el cara a cara final del pasado 8 de noviembre enfrentó a dos jugadores no estadounidenses. Pius Heinz y Martin Staszko lograron expulsar de las mesas a la gran masa de locales en competición y se quedaron solos defendiendo, en tierra extraña, la consolidación global del póquer y catorce millones de dólares a repartir. Hasta aquí lo que ambos tienen en común, porque si algo convertía este duelo final en una historia apasionante eran los marcados perfiles de Heinz, el alemán, y Staszko, el checo. Sus diferencias.

Bastaba un vistazo a la mesa. Heinz, 22 años, estudiante de psicología de los negocios, llegó de Colonia con su inmaculada sudadera blanca y aires de joven tiburón del tapete. Staszko, 35 años, pintor de automóviles en una fábrica de Silesia, apareció con una camisa a cuadros que reafirmaba su aspecto y su mirada de humilde obrero de la Europa oriental. Tras ellos, en las gradas, sus hinchas: en el caso del alemán, un ejército de chavales uniformado con la misma sudadera blanca del campeón, coreando un himno inventado a mayor gloria de Heinz; frente a éste, la familia del checo, dispersa y exaltada, gritando y cantando como en el bar. La metáfora de las dos naciones europeas era condenadamente fácil. Alemania, moderna y eternamente joven, como locomotora y cerebro de la Unión, imponiendo su dictado económico con agresividad. La República Checa, país próspero y aún industrial, capaz de crecer por encima de la media y destacar gracias a un tesón de recuerdo soviético.
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La gracia del reponerse

(publicado originalmente en Hay Timba)

No soy culé, que vaya por delante. No lo soy sencillamente porque nunca me ha gustado el futbol y ahora que empiezo a verlo en los bares tampoco lo entiendo. Ni papa de estrategia. No puedo más que fijarme en la pelotita y en si la llevan los muñecos del color que toca o los otros; si juegan bien o no, si los señores están bien colocados o no, son sutilezas que se me escapan. Pero aún no siendo aficionado, por la presión del entorno y porque es una buena excusa para beber y gritar, sigo los partidos con interés del lado del Barça, como un forofo más. Exacto, les habla un advenedizo repugnante.

Digo todo esto porque, hasta cierto punto y aun sin entenderlos, he vivido algunos de los recientes éxitos del Barça y puedo comprender la frustración de perder anoche la Copa del Rey. Lo que no entiendo es el mal humor que dura más de diez minutos. Lo que no solo no entiendo sino que además me parece ridículo, y ahora entramos en materia, es esto:



Es la derrota vivida diez minutos antes de que acabe el partido, cuando pierden solo de un gol y la remontada es posible. Es la afición culé ofreciendo el culo en masa antes de que nadie se lo pida, en vez de animar como perros locos hasta el último segundo. Es una demostración palmaria no de no saber perder, que ya es jodido, sino de no saber gestionar la moral en pleno encuentro. Si Messi, Piqué o Afellay, que entró tarde, fueran en este sentido como su afición, demostrarían ser jugadores de tercera regional, despojos amateurs. Es parangonable, y ahí voy, a dejar perder un heads-up, un cara a cara final tras un torneo larguísimo, porque el contrincante tiene diez veces más fichas que nosotros.

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¿A que no sabes a quién me follé anoche?

Si hay algo que lamentablemente acerca el póquer a la testosterona y al imaginario masculino no es por supuesto el juego en sí sino aquel vicio tan de machote celtíbero de comentar las jugadas exaltando los aciertos propios y ensañándose con los errores ajenos. Al menos en los ambientes de juego en los que un servidor se mueve, no hay quisqui que tras una jugada decisiva opte por tragar saliva y reflexionar sobre los errores y aciertos de la mano calladito y para sus adentros. Sea en la mesa, para purgación del resto de jugadores y crupieres, o ya en el bar cubatilla en ristre, todo el mundo tenemos algo que decir sobre cualquier jugada, porque aparte de que seguramente somos todos los mejores jugadores de Europa, como en el chiste del naufrago y Claudia Schiffer lo que mola en realidad es contarlo.

La cosa ésta de comentar las jugadas es al fin y al cabo una cuestión de orgullo, que es como los cursis llaman a los cojones. Todos nos hacemos más hombres y más españoles si defendemos irreflexivamente nuestras decisiones en el juego, aunque un atisbo de sentido común nos diga desde el hipotálamo que en realidad la hemos cagado; por el contrario, aceptar el error públicamente es como poco de sodomitas, una muestra de debilidad, que en el póquer se hace imperdonable porque te convierte en carnaza para tus contrincantes. Hay que hablar mucho de lo que ha pasado, de las probabilidades que tenías de ganar con pareja alta frente a proyecto de color, del tamaño apropiado de la apuesta ante un jugador con poquitas fichas, del frío que hace en el casino, pero siempre, siempre, dejando clarinete que la jugada correcta era la tuya, que tu apuesta era digna de Phil Ivey y que el frío a ti te la trae muy floja porque tienes los huevos más gordos que el caballo de Espartero. Como Iker Casillas, como don José María Aznar López, como Joan Laporta, como Txeroki, como Gregorio Ordóñez.

Llega el día, no obstante, en que a uno le entra el impulso relativista, que es como los cursis llaman al depende, y se da cuenta de que la discusión entre aquellos dos tipos al otro lado de la mesa sobre ver la subida de un tercer cafre con pareja de jotas no se resolverá nunca. Y no se resolverá nunca en primer lugar porque ninguno de los dos contendientes darán su brazo a torcer y preferirán callar antes que pensar que el otro pueda llevar razón; pero es que en segundo lugar no puede resolverse simplemente porque hay debates que no tienen resolución posible. Nadie niega que en el póquer existe el error, ya que de otro modo no habría jugadores mejores que otros; pero en la mayoría de ocasiones, al juzgar jugadas, lo que hay son simplemente razones, motivos diversos pero igualmente válidos para jugar la misma mano de dos formas distintas. Luego viene la suerte, que es la que permite hacer leña del árbol caído y dar explicaciones ad hoc a victorias inexplicables, pero si ante una jugada solo hubiera un movimiento posible el póquer sería mucho más aburrido y no valdría la pena hablar de él entre carajillos.

Cuando la testosterona baja, las conversaciones sobre partidas se eternizan porque los que debaten saben que en el fondo da igual, que es todo hablar por hablar y por seguir jugando fuera de la mesa, porque no existe ese silencio orgulloso del que no quiere seguir discutiendo visto que no va a convencer a nadie. Cuando no hay que convencer al otro porque sabe que quizá tengas razón, jugárselo todo con K2 en un cara a cara puede ser lo correcto o un movimiento lamentable, y cuanto más discutible sea la mano mejor nos lo pasaremos discutiéndola. Todos sabemos que el póquer no es una ciencia, que no hay manual que valga, y que mucho depende del criterio de cada uno, aunque nos acusen de cobardes, de amigos de la ETA o, lo que es peor, de malos jugadores.

Sucios capitalistas. Una defensa política del póquer (y 2)

(artículo publicado originalmente en Hay Timba. Viene de aquí)

En una entrada anterior intenté argumentar por qué creo que no es del todo cierto que el que de más dinero disponga más fácil lo tiene para ganar a póquer. No es un juego para ricos ni por lo tanto socialmente injusto o “de derechas” en sus reglas, si se me permite la expresión. Y sin embargo algo falla, algo sigue oliendo mal cuando uno baja a un casino a jugar tan pancho después de pasarse toda una sobremesa de domingo criticando con el cuñado las injusticias del capitalismo.

Por un lado, el casino no puede quitarse de encima, porque mucho de verdad hay en todo ello, su imagen de garito de blanqueo para malandrines de alto copete o de pasatiempo vacío para viejos de la calle Mandri con americana de tweed. El casino ha sido siempre un espacio burgués que, por usos, costumbres y confusiones ideológicas posmodernas, ha acabado en manos de los hijos de vecino, como el golf, el esquí o los bolsos Tous, ejemplos clarísimos de generalización del pijerío. Y, para ser honestos, que los casinos sean frecuentados por ricos no es argumento suficiente en su contra si detrás no hay razones económicas o sociales para que esto suceda; si pobres y ricos pueden confluir alrededor de una ruleta o de un tapete con la misma facilidad, porque la apuesta mínima es asequible y en el acceso al local no hay gorilas que distingan clases sociales entre los visitantes, no podemos culpar al juego de la presencia mayoritaria de potentados en los casinos.

Pero es que, por otro lado, hay para los críticos de izquierda un elemento como mínimo antiestético en el juego de azar, que desborda el póquer y los casinos y atañe a todo lo que tiene que ver con la apuesta. Ganar dinero gracias al azar es lucrarse sin aportar un producto o servicio que dé valor a la sociedad y sin el esfuerzo que supone el trabajo. Es una ganancia que, por tanto, aliena al jugador de las condiciones de producción de los bienes y rompe con la conciencia obrera de soviéticos sudorosos que mitifica el trabajo como actividad y, para colmo, como espacio de concienciación de clase. Vamos, que el dinero fácil no mola, que si no hay un producto y un trabajo detrás vaya usted a saber de dónde ha salido.

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Sucios capitalistas. Una defensa política del póquer (1)

(articulado publicado originalmente en Hay Timba)

Aparte de mi pertinaz manía de colar faroles en momentos claramente inadecuados, una de las cosas que me preocupa desde hace tiempo respecto al póquer son sus implicaciones políticas y la responsabilidad que conlleva jugar si uno vigila mínimamente por donde pisa. A la mala conciencia, me refiero.

En este sentido, el otro día voy y me encuentro con un metrallazo leído por ahí, en uno de los comentarios a un reportaje sobre el tema en el diario Público, que apunta precisamente a donde escuece. La acusación era sencilla: el póquer es un “juego capitalista” porque “el que de más guita dispone es el que más fácil lo tiene para ganar”. Me preguntarán qué hago yo discutiendo comentarios anónimos. La cosa es que, en fin, no puede ser que uno vaya por el mundo con la cerviz levantada, diciendo que opino esto y lo otro, con esa superioridad moral que da saberse de izquierdas y por lo tanto más guapo, si luego un cualquiera me echa en cara que juego a un juego capitalista. Puedo aguantar, porque me resbalan, las acusaciones morales, las alarmas de ludopatía, las preocupaciones de mi abuela que me quiere más que a las pesetas y las de las beatas que piensan en un señor apostando y ven a Pedro Botero. Las que ya no aguanto tanto son las que ponen en duda mi coherencia política.

El primer argumento en mi defensa, tan posmoderno y tan bienqueda, podría formularse con un contundente “ya, ¿y qué?” que lo que hace es acabar con el debate a la brava, defendiendo que al fin y al cabo no hacemos daño a nadie, que hay cosas más graves por las que preocuparse y que si nosotros jugamos a póquer hay otros perroflautas por ahí que muy perroflautas pero luego calzan nikes, adidas o pumas. En otro contexto me quedaría con este argumento neutralizador, pero a este punto detenerse aquí es muy pobre.

El segundo argumento se centra en una distinción que el comentarista anónimo no creo que conozca y es la diferencia entre los juegos de dinero (traducción patillera de cash) y los torneos. Si bien en los primeros, en los que las fichas tienen valor real, efectivamente los onassis lo tienen más fácil para ganar dinero, porque les dan un valor a las apuestas muy por debajo del que les da alguien con menos poder adquisitivo, en los torneos todo el mundo empieza con las mismas fichas independientemente del dinero en la cartera, por lo que la estructura del juego puede considerarse igualitaria. Se puede objetar que el onassis juega más tranquilo porque el coste de la entrada se la sopla, e incluso que su experiencia puede ser mayor, al tener pudientes para pagar todas las entradas de torneo que le dé la gana; pero el buen jugador, aunque solo pueda jugar ese torneo una vez en la vida, al empezar a mover fichas no tiene por qué hacerlo peor que su contrincante adinerado. Quizá incluso lo hará mejor, precisamente porque valora cada movimiento que hace y procura no pagar envites al tuntún. Obviamente, si el torneo tiene recompras y el jugador puede volver a entrar una y otra vez con solo aflojar la mosca, la cosa se desvirtúa. Digamos, pues, que los buenos torneos son sin recompra.

En los casinos hay torneos relativamente baratos y en internet se puede incluso jugar de forma gratuita con premios en metálico. El ejemplo de Chris Moneymaker, que pagando la entrada de un torneo clasificatorio de 39 dólares acabó ganando las Series Mundiales de Póquer, debería convencernos de que en póquer no ganan los ricos. Me atrevería a decir que ni siquiera a la larga…

Hasta aquí creo haberme ventilado el argumento sencillito del comentarista anónimo de Público. Se me ocurren algunos argumentos anticapitalistas más sólidos, que atañen no solo al póquer sino a todos los juegos de azar, pero como tengo que pensarme una defensa ad hoc patillera los dejo para un próximo post. De momento, como conclusión provisional, digamos que, puestos a jugar, se puede jugar a póquer de muchas formas distintas.

[Sigue en Sucios capitalistas (y 2)]

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