European Poker Tour: fuera de las mesas (y 2)

Día 5. A falta de dos mesas

Es de sentido común pero sorprende al primerizo: a medida que pasan los días y avanza el torneo principal cada vez hay menos mesas destinadas al mismo, por lo que de puertas adentro, en la enorme sala del casino destinada al EPT, el main event va perdiendo un protagonismo que ganan los torneos paralelos. Al fondo, sigue la acción en la mesa televisada y en dos mesas adjuntas – treinta jugadores restantes de un total de mil ochenta y dos inscritos-, pero el grueso de los asistentes y la mayor parte del alboroto procede del torneo High roller, con un coste de inscripción altísimo y algunas estrellas como Jason Mercier o Jonathan Duhamel entre los participantes. Luego, en la televisión, en los medios, quizá en la memoria de algún asistente, la atención sí que se la lleva el torneo principal aunque los gritos, las miradas de jugadores curiosos y los movimientos de fichas de las otras mesas eclipsen lo más noticiable de la jornada.

Supongo que dejándome llevar por la masa y la juerga me doy una vuelta entre las mesas de este High Roller, caladero natural de muchos de los grandes profesionales expulsados del torneo principal que se han quedado con ganas de marcha. Solo alguien con una banca saneadita puede permitirse un torneo como éste, y aun así, y aunque nos pese a los que defendemos que el dinero al fin y al cabo no es lo importante,  no es lo mismo irse de un High roller que de un torneíllo on-line para pelagatos de a euro la entrada. Algo tendría que ver el coste de la entrada en la reacción del perdedor en la mano que presenciamos: dos jugadores en situación de all-in y uno de ellos restado. Ambos muestran ases, por lo que a priori no hay peligro para ninguno. Solo hay una manera de que uno de los dos pierda y es que se complete color en la mesa, lo cual pasará únicamente una de cada cincuenta veces que se tiren las cartas comunitarias. Cuatro cartas del mismo palo de un total de cinco. Para jolgorio de los espectadores, que si no tienen preferencias acostumbran a querer sangre, aparecen cuatro tréboles en la mesa y el restado se va a la calle. Su reacción es tan chusca como la forma miserable en que lo han echado. Llena la sala con un improperio a la altura de su mala suerte, y lanza una botella de agua contra la mesa que rebota disparada contra la ceja del jugador de su derecha, que, pobre, ni pinchaba ni cortaba en la mano en cuestión. Mientras se cuentan las fichas para comprobar definitivamente quién tiene menos, el tipo maldice uno por uno a los seis mil millones de habitantes de la Tierra. Se levanta sin decir adiós y nos deja a todos escondiendo la risa tonta, no por su derrota sino por la mala leche.  A mí personalmente se me pasa por la cabeza  lo de Manolete, si no sabe para qué se mete… Precisamente a estos niveles, por la trayectoria y la supuesta experiencia de los jugadores, uno pediría una especial elegancia en la mesa. Aunque claro, todos llevamos a una bestia morbosa dentro, que disfruta con la sangre, el sudor y las lágrimas.

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