El héroe obrero de Silesia

(publicado originalmente en el número 88 de Playboy. Diciembre de 2011)

El cara a cara final de las Series Mundiales de Póquer enfrenta por primera vez en su historia a dos jugadores europeos

A pesar del nombre, el evento principal de las Series Mundiales de Póquer es un campeonato fundamentalmente norteamericano, más yanqui que la NBA, la Liga de Béisbol, la Superbowl y la crema de cacahuete juntas. Pero por segunda vez en cuarenta y dos ediciones el cara a cara final del pasado 8 de noviembre enfrentó a dos jugadores no estadounidenses. Pius Heinz y Martin Staszko lograron expulsar de las mesas a la gran masa de locales en competición y se quedaron solos defendiendo, en tierra extraña, la consolidación global del póquer y catorce millones de dólares a repartir. Hasta aquí lo que ambos tienen en común, porque si algo convertía este duelo final en una historia apasionante eran los marcados perfiles de Heinz, el alemán, y Staszko, el checo. Sus diferencias.

Bastaba un vistazo a la mesa. Heinz, 22 años, estudiante de psicología de los negocios, llegó de Colonia con su inmaculada sudadera blanca y aires de joven tiburón del tapete. Staszko, 35 años, pintor de automóviles en una fábrica de Silesia, apareció con una camisa a cuadros que reafirmaba su aspecto y su mirada de humilde obrero de la Europa oriental. Tras ellos, en las gradas, sus hinchas: en el caso del alemán, un ejército de chavales uniformado con la misma sudadera blanca del campeón, coreando un himno inventado a mayor gloria de Heinz; frente a éste, la familia del checo, dispersa y exaltada, gritando y cantando como en el bar. La metáfora de las dos naciones europeas era condenadamente fácil. Alemania, moderna y eternamente joven, como locomotora y cerebro de la Unión, imponiendo su dictado económico con agresividad. La República Checa, país próspero y aún industrial, capaz de crecer por encima de la media y destacar gracias a un tesón de recuerdo soviético.
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