Ases hasta en la sopa

(publicado originalmente en el número 89 de Playboy. Mayo de 2012)
(Fotos: Alba Lajarín [Àngel Fernàndez]; Planet Póquer [Gerard Segarra])

En menos de una década el póquer se consolida en España como afición, profesión y negocio, gracias a internet y la televisión

Gerard Segarra

Si algo esperan los aficionados de la nueva ley del juego -que fundamentalmente regula el mercado de las apuestas online- es que ayude a consolidar el póquer en España, que lo saque de los sótanos y las trastiendas y le dé el espaldarazo definitivo. Que la ley vaya delante de la sociedad y que con la regulación emerjan miles de nuevos jugadores. Pero generalmente al legislador no le gusta adelantarse; el boom del póquer ya ha sido, y en realidad la ley va a rebufo de un fenómeno cada vez más masivo, que cada vez mueve más dinero y por el que distintos grupos de interés, como los casinos, los jugadores profesionales y las operadoras de juego electrónico, vieron que valía la pena presionar al poder público en un sentido u otro.

No hay una única razón por la que hayamos llegado hasta aquí; no hay un disparo de salida, no hay un momento fundacional mítico por el que babeemos los periodistas. Más bien una cosa se suma a la otra y un buen día nos damos cuenta de que los tapetes están llenos. Gerard Segarra, director de torneos del Casino de Barcelona, es probablemente una de las personas que más esté haciendo por la expansión de la versión presencial del juego, gracias a la variedad de mesas y eventos que ofrece semana a semana su poker room. Él pone como fecha de inicio el cambio de década. Se jugaba entonces en Barcelona al póquer sintético o chiribito, una modalidad extraña para los aficionados jóvenes pero muy popular en España y Latinoamérica. Abren más tarde alguna mesa de hold’em limitado aunque con límites altísimos, al nivel únicamente de los jugadores de ruleta capaces de gastarse mil euros en una bola, que van a probar una suerte distinta. Se les añaden los profesionales europeos, los experimentados tiburones que veían en estos tapetes un fértil estuario de pececillos con dinero. Por el momento no era un terreno adecuado para los aficionados. En noviembre de 2002 se celebra el primer Open de Barcelona y en 2004 España pone un pie en la escena europea cuando el Casino de la capital catalana se convierte en anfitrión de la primera etapa del primer European Poker Tour. Desde entonces todos los EPT han tenido una etapa en Barcelona, en 2011 Madrid-Torrelodones fue la sede del evento final y, según nos cuenta Segarra, su casino es el único del mundo que es a la vez anfitrión del EPT y del World Poker Tour. Todo ello hace de España un referente para los profesionales más allá de sus fronteras, pero no crea de por sí afición de puertas adentro.

Un semillero online
La cosa realmente se dispara cuando el jugador de estar por casa ve póquer en la televisión y descubre que puede jugar a través de internet y ganar algo de dinero. Empieza además a acercarse al casino, e incluso queda finalista de algún torneo en condiciones. Naturalmente, la cosa empieza en Estados Unidos, cuando alrededor del 2000 empiezan las retransmisiones televisivas y la gente empieza a ver el lado competitivo, habilidoso y racional del asunto. Rounders, la película de John Dahl protagonizada por Matt Damon y estrenada en 1998, refleja con acierto esta forma de entender el juego. Otro hito vendrá en 2003, cuando Chris Moneymaker se lleva el evento principal de las World Series tras clasificarse por internet desde su salita de estar. Estados Unidos se excita con esta reproducción al dedillo del sueño americano. Por aquel entonces, las salas de póquer online florecen. Leer más de esta entrada

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Sucios capitalistas. Una defensa política del póquer (y 2)

(artículo publicado originalmente en Hay Timba. Viene de aquí)

En una entrada anterior intenté argumentar por qué creo que no es del todo cierto que el que de más dinero disponga más fácil lo tiene para ganar a póquer. No es un juego para ricos ni por lo tanto socialmente injusto o “de derechas” en sus reglas, si se me permite la expresión. Y sin embargo algo falla, algo sigue oliendo mal cuando uno baja a un casino a jugar tan pancho después de pasarse toda una sobremesa de domingo criticando con el cuñado las injusticias del capitalismo.

Por un lado, el casino no puede quitarse de encima, porque mucho de verdad hay en todo ello, su imagen de garito de blanqueo para malandrines de alto copete o de pasatiempo vacío para viejos de la calle Mandri con americana de tweed. El casino ha sido siempre un espacio burgués que, por usos, costumbres y confusiones ideológicas posmodernas, ha acabado en manos de los hijos de vecino, como el golf, el esquí o los bolsos Tous, ejemplos clarísimos de generalización del pijerío. Y, para ser honestos, que los casinos sean frecuentados por ricos no es argumento suficiente en su contra si detrás no hay razones económicas o sociales para que esto suceda; si pobres y ricos pueden confluir alrededor de una ruleta o de un tapete con la misma facilidad, porque la apuesta mínima es asequible y en el acceso al local no hay gorilas que distingan clases sociales entre los visitantes, no podemos culpar al juego de la presencia mayoritaria de potentados en los casinos.

Pero es que, por otro lado, hay para los críticos de izquierda un elemento como mínimo antiestético en el juego de azar, que desborda el póquer y los casinos y atañe a todo lo que tiene que ver con la apuesta. Ganar dinero gracias al azar es lucrarse sin aportar un producto o servicio que dé valor a la sociedad y sin el esfuerzo que supone el trabajo. Es una ganancia que, por tanto, aliena al jugador de las condiciones de producción de los bienes y rompe con la conciencia obrera de soviéticos sudorosos que mitifica el trabajo como actividad y, para colmo, como espacio de concienciación de clase. Vamos, que el dinero fácil no mola, que si no hay un producto y un trabajo detrás vaya usted a saber de dónde ha salido.

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Sucios capitalistas. Una defensa política del póquer (1)

(articulado publicado originalmente en Hay Timba)

Aparte de mi pertinaz manía de colar faroles en momentos claramente inadecuados, una de las cosas que me preocupa desde hace tiempo respecto al póquer son sus implicaciones políticas y la responsabilidad que conlleva jugar si uno vigila mínimamente por donde pisa. A la mala conciencia, me refiero.

En este sentido, el otro día voy y me encuentro con un metrallazo leído por ahí, en uno de los comentarios a un reportaje sobre el tema en el diario Público, que apunta precisamente a donde escuece. La acusación era sencilla: el póquer es un “juego capitalista” porque “el que de más guita dispone es el que más fácil lo tiene para ganar”. Me preguntarán qué hago yo discutiendo comentarios anónimos. La cosa es que, en fin, no puede ser que uno vaya por el mundo con la cerviz levantada, diciendo que opino esto y lo otro, con esa superioridad moral que da saberse de izquierdas y por lo tanto más guapo, si luego un cualquiera me echa en cara que juego a un juego capitalista. Puedo aguantar, porque me resbalan, las acusaciones morales, las alarmas de ludopatía, las preocupaciones de mi abuela que me quiere más que a las pesetas y las de las beatas que piensan en un señor apostando y ven a Pedro Botero. Las que ya no aguanto tanto son las que ponen en duda mi coherencia política.

El primer argumento en mi defensa, tan posmoderno y tan bienqueda, podría formularse con un contundente “ya, ¿y qué?” que lo que hace es acabar con el debate a la brava, defendiendo que al fin y al cabo no hacemos daño a nadie, que hay cosas más graves por las que preocuparse y que si nosotros jugamos a póquer hay otros perroflautas por ahí que muy perroflautas pero luego calzan nikes, adidas o pumas. En otro contexto me quedaría con este argumento neutralizador, pero a este punto detenerse aquí es muy pobre.

El segundo argumento se centra en una distinción que el comentarista anónimo no creo que conozca y es la diferencia entre los juegos de dinero (traducción patillera de cash) y los torneos. Si bien en los primeros, en los que las fichas tienen valor real, efectivamente los onassis lo tienen más fácil para ganar dinero, porque les dan un valor a las apuestas muy por debajo del que les da alguien con menos poder adquisitivo, en los torneos todo el mundo empieza con las mismas fichas independientemente del dinero en la cartera, por lo que la estructura del juego puede considerarse igualitaria. Se puede objetar que el onassis juega más tranquilo porque el coste de la entrada se la sopla, e incluso que su experiencia puede ser mayor, al tener pudientes para pagar todas las entradas de torneo que le dé la gana; pero el buen jugador, aunque solo pueda jugar ese torneo una vez en la vida, al empezar a mover fichas no tiene por qué hacerlo peor que su contrincante adinerado. Quizá incluso lo hará mejor, precisamente porque valora cada movimiento que hace y procura no pagar envites al tuntún. Obviamente, si el torneo tiene recompras y el jugador puede volver a entrar una y otra vez con solo aflojar la mosca, la cosa se desvirtúa. Digamos, pues, que los buenos torneos son sin recompra.

En los casinos hay torneos relativamente baratos y en internet se puede incluso jugar de forma gratuita con premios en metálico. El ejemplo de Chris Moneymaker, que pagando la entrada de un torneo clasificatorio de 39 dólares acabó ganando las Series Mundiales de Póquer, debería convencernos de que en póquer no ganan los ricos. Me atrevería a decir que ni siquiera a la larga…

Hasta aquí creo haberme ventilado el argumento sencillito del comentarista anónimo de Público. Se me ocurren algunos argumentos anticapitalistas más sólidos, que atañen no solo al póquer sino a todos los juegos de azar, pero como tengo que pensarme una defensa ad hoc patillera los dejo para un próximo post. De momento, como conclusión provisional, digamos que, puestos a jugar, se puede jugar a póquer de muchas formas distintas.

[Sigue en Sucios capitalistas (y 2)]

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